Warning: array_shift() expects parameter 1 to be array, boolean given in /htdocs/public/www/config/ecran_securite.php on line 283 Géminis Papeles de Salud - Coger la Cita: Castilla del Pino y López Ibor

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Guillermo Rendueles, Corrent Roig
10 de setiembre de 2009

Coger la Cita: Castilla del Pino y López Ibor

El autor defiende en este artículo que la mayoría de los psiquiatras españoles mantienen una conducta de Disociación Cognitiva hacia Castilla del Pino. La disociación se construye por una visión hagiográfica de la biografía de Castilla del Pino, que lleva a aclamarlo como maestro de vida, frente a un desconocimiento y desuso de su teoría en una práctica clínica. Práctica más consonante con la obra de López Ibor que afirmó la base depresiva de las neurosis y la psicosomática. El autor trata de remediar esa disonancia mediante el resumen de la obra de Castilla del Pino y la recomendación de su práctica.

Coger la Cita: Castilla del Pino y López Ibor

La percepción de lo Real Histórico en términos de Narración Familiar es una operación ideológica habitual y cotidiana sobre la que nos advierte Zizek. Mediante ella un conflicto que enfrenta grandes fuerzas históricas se reelabora desde las coordenadas de un drama familiar como rutina cotidiana. Con ello la Historia se transforma en la Memoria de una especie de carrera de relevos. Cada generación deja a la siguiente unas tareas que debe asumir o eludir con parsimonia o urgencia, al tiempo que elige categorías teóricas en que enmarcar esas prácticas sociales.

La generación psiquiátrica del 68 es un claro ejemplo: el problema central deja de ser la locura para centrarse en el escándalo del encierro de esa locura y “echar abajo los muros de los asilos” fue la tarea urgente que entusiasmó a esta generación.

Coger la cita que la historia nos deja exige también elegir maestros. De nuevo ese tiempo del 68 nos da buenos ejemplos: Franco Basaglia a pesar de la pobreza de su obra teórica se constituye en el héroe cultural de la generación porque apenas con un par de conceptos –los constructos psicopatológicos como Dobles creado por el encierro, la autogestión como cura por recuperación de la identidad arrasada por la institución total-, recluta a los mejores de esa generación para la Reforma Psiquiátrica.

Tras el éxito y la des-institucionalización de los pacientes, la persistencia de la misma sintomatología defectual con exigencia de rehabilitación psicosocial, junto a la invasión de las consultas por objetos psiquiátricos mal identificados que abarrotan las consultas, plantea a las nuevas generaciones psiquiátricas el dilema tanto de coger o eludir las citas que le impone la historia -ceder o rechazar la psiquiatrización y búsqueda de ventajas por la multitud– como de elegir teoría y con qué enfrentarla.

Elección que desde luego puede estar ofuscada por la ideología y la falsa conciencia. Carlos Marx llamaba Idiotismos Profesionales a las falsas ideas de los profesionales llenos en infatuación que pretendían, en el caso de los jueces, estar aplicando el derecho natural justificado en latinazos, cuando con sus prácticas y sentencias defendían los intereses de la naciente burguesía.

Algo de esa falsa conciencia define a mi juicio las prácticas de la psiquiatría progresista española que, tras su integración en la gestión política y la politiquería administrativa que intenté describir en De Conspiradores a Burócratas, practica la razón gerencial y confunde las teorías que sustentan sus prácticas.

Del Congreso de la AEN en Bilbao

Trato de resolver en este escrito la curiosa paradoja que sentí durante un reciente Congreso de la Asociación Española de Neuropsiquiatría: en su sesión de clausura se nombraba socio de honor a Castilla del Pino y su emotivo elogium culminó con una interminable ovación y mi sincera impresión de que, para la mayoría de los presentes, Castilla del Pino era un héroe cultural. La segunda observación que construye la paradoja consistía en que preguntando a cualquiera de los presentes sobre si empleaba en su práctica clínica alguno de los conceptos psicopatológicos de Castilla del Pino, la respuesta negativa fue generalizada. La ignorancia de preconceptos impedía entender un chiste con la definición de Connotación que había hecho Bertrand Russel en unas emisiones radiofónicas sobre cómo Yo soy un explorador sexual, Tú un promiscuo y Ella una puta, denotaban el mismo hecho. Replicar la experiencia está al alcance de cualquier lector: pregunte a cualquier psiquiatra que se confiese admirador de Castilla si le puede explicar en qué consiste el Análisis Judicativo de la Conducta o qué significa Denotación Adiacrítica. Presumo que la ignorancia de ambos términos que cualquier lector que termine estas líneas puede manejar es generalizada en la psiquiatría española.

Esa paradoja que disocia la practica profesional de los valores y la ideología confesada, admite otra vuelta de tuerca. Cualquiera de los socios de la AEN que homenajeaban a Castilla y creen ejercer su práctica con un modelo “Bio-Psico-Social”, denostaría la obra teórica del profesor López Ibor como anticuada y espiritualista, juzgándole además como el psiquiatra del franquismo. Sin embargo, si se le preguntase a los tales psiquiatras cómo tratan a los 15 pacientes que tienen que ver cada mañana en su Centro de Salud con quejas variadas y menores, contestarían, si son veraces, que aunque los diagnostiquen de ansiosos, fóbicos, obsesivos, funcionales, todos ellos saldrán de su consulta con la prescripción de al menos un antidepresivo (no es raro salir con más de dos). Por ello en la práctica el paradigma, el supuesto implícito que guía esa prescripción universal de antidepresivos-ansiolíticos para cuadros que van desde el Ataque de Pánico al Dolor Fibromiálgico está en concordancia con la hipótesis central de López Ibor sobre las neurosis como enfermedades del ánimo, que afirma una depresión presente en todas las Reacciones Vivenciales Anormales o aún en los Trastornos Psicosomáticos como Equivalentes Depresivos.

Desde luego que el cumplimiento del viejo deseo del tirano de dejar las cosas atadas y bien atadas no es exclusivo del campo psiquiátrico y los huevos de la serpiente nacen por doquier, pero la falta de reflexibilidad y la falsa conciencia del gremio, convencido de lo progresista de sus prácticas “reformistas”, sí parece específico de una profesión tan necesitada de aclararse como la psiquiátrica.

De ahí mi interés por tratar de recapitular la relación de la obra de Castilla del Pino con la historia de las prácticas psiquiátricas españolas de su tiempo, empleando el encuadre marxista que él propone durante su etapa centrada en lo social (antropológico-dialéctico), analizando esa relación de producción-recepción como un juego dialéctico entre la obra de Castilla, la situación de la psiquiatría española en dos etapas franquistas y una democrática contrastándola con los valores que determinarán la práctica de esas tres generaciones psiquiátricas.

Ordenar y resumir una obra tan vasta como la de Carlos Castilla se benefició en mi caso de reconocer deuda de lector tanto con Castilla del Pino, que ha epitomizado con carácter didáctico toda su obra, como con los ya abundantes trabajos que hacen excelentes paráfrasis de su obra. Especialmente endeudado se encuentra este articulo con la tesis doctoral de Díaz Patricio cuyo texto admito haber saqueado sin piedad para escribir estas líneas.

La psiquiatría como práctica extemporánea

La psiquiatría es, sin duda, la práctica curativa y la actividad teórica postmoderna que más contradice la hegemonía de los tópicos weberianos sobre la vocación científica. Para Weber, la ciencia o el científico moderno deben renunciar tanto a cualquier deseo fáustico de saber general como a constituirse en maestro de vida o dador de sentido a la existencia. Debe conformarse, si tiene éxito, con descubrir de forma efímera un pequeño mecanismo de las leyes naturales o sociales que el propio progreso convertirá en anticuadas al poco tiempo de ser formuladas.

La psiquiatría y cada psiquiatra incumple con sus teorías y prácticas esos asertos, acercándose peligrosamente a la figura del demagogo o el profeta, tan denostados por Weber. El psiquiatra promete descubrir las verdades ocultas en el interior del paciente con quien pretende descubrir un sentido vital trascendente al banal politeísmo que constituye la vida real: descubrir el daimon particular al que entregarse como vocación mundana y cumplir con el deber profesional, que la ascética capitalista exige.

Expresión de ese consentimiento con la demagogia que se visualiza en la profunda psiquiatrización que sufren las sociedades postmodernas. Ceder al papel asignado por el estado y a la demanda que repite cada paciente que acude a una consulta psi en búsqueda de soluciones médicas a su malestar cotidiano, supone que cada psiquiatra ejerce de maestro de valores, enseñando a vivir de acuerdo con los dudosos saberes ofrecidos por las psicoterapias que compiten en el mercado del consuelo.

Práctica psiquiátrica que cuando cumple el mandato social de ser el coche escoba que recoge y da respuesta a los malestares que no tienen respuesta en otras agencias sociales del bienestar, practica el Papel del Místico que ofrece valores mezclados con ciencia. Práctica que Weber denuncia como deshonesta porque disfraza como ciencia en la cátedra, la consulta o la tribuna política, lo que debía predicarse desde el púlpito o el confesionario.

El psiquiatra weberiano debe curar lo que sepa, pero no aconsejar caminos vitales que supongan privilegiar un valor sobre otro: esa tarea trágica de elegir uno de los muchos dioses resucitados por el capitalismo y seguirlo para cumplir el deber profesional o ciudadano. Frente a la religión esa es el dilema individual y la paradójica elección que el individualismo no social exige: el deber egoísta de elegir amo.

El Diletante es la otra figura denostada por Weber a la que se aproxima el psiquiatra contemporáneo. Weber ve en el diletante un anacronismo que sueña con resucitar a Goethe sin percibir que nadie puede aspirar en modernidad a vivir como Noé y morir tranquilo “saciado de todos los saberes y los días”. El científico debe comenzar por purgar ese deseo y autolimitarse como especialista de un pequeño territorio del saber. La psiquiatría es, de todas las prácticas médicas, la que pretende ese saber total y en complicidad con una población servil a la búsqueda de maestro-amo ejerce en nuestros días el rol de metomentodo y sabelotodo. El psiquiatra aparte de tratar locos como médico, escucha como un cura, enseña como un pedagogo y aconseja a normales en asuntos tan dispares como en la mejor manera de superar la crisis económica, armonizar su familia o gozar de un sexo sano.

Castilla es plenamente consciente de ese deseo fáustico, comprobable leyendo lo polimorfo de los temas en el listado de sus publicaciones o confesado sin problemas en una entrevista “Me he pasado buena parte de mi vida en una actitud ambivalente respecto a lo que se denomina dedicación: por una parte comprendo la necesidad de monopolizarse y vivir exasperadamente inmerso en una sola. Por otra me ha sido totalmente dejar pasar una buena parte de la realidad y sus versiones -el libro, el cuadro, el paisaje, la gente sin tratar de saber de ella como espectador“.

Otro rasgo evidentemente antimoderno de la psiquiatría cuando en ella se inicia Castilla del Pino es su carácter de Ciencia nacional y su división en escuelas. Frente al universalismo clasificatorio de cualquier especialidad medica, la psiquiatría hasta la reciente hegemonía de las clasificaciones de genuino sabor americano tipo DSM, se articulaba en unas Escuelas Nacionales que permitían que en Francia existan unos trastornos delirantes llamados Bouffes no reconocidos en ningún otro lugar o en Inglaterra se trataban Depresiones Neuróticas no aceptadas por la el resto de la comunidad científica repitiéndose la historia en EEUU con las Esquizoneurosis.

En idéntico sentido la palabra psiquiatra necesita ser calificada, por ejemplo de psicodinamista-organicista-sistémico, en contraste con cualquier otra especialidad médica donde existen paradigmas normativos. Ejemplo de ese carácter premoderno de la practica viene expresado por la dificultad para saber quién puede ser titulado como psicoterapeuta o psicoanalista, más parecida al sistema gremial que al sistema de titulación de un estado moderno.

Un Neuropsiquiatra en el Franquismo

Un joven científico que como Castilla del Pino inicia su carrera y publicaciones en la España de 1946, está determinado tanto por esos condicionamientos generales de la psiquiatría con aspiraciones de ciencia natural y práctica socio disciplinaria, como por el estado de excepción permanente impuesto por el franquismo.

La primera identidad anacrónica que podemos rastrear en esta primera etapa del oficio en Castilla del Pino es la de Neuropsiquiatra: neurología-psiquiatría no son dos prácticas claramente diferenciadas en España y a pesar de la evidente contradicción entre la escucha del discurso y la tinción de estructuras cerebrales, ambas actividades se disputan el tiempo y la praxis de nuestro joven investigador. Por ello nos encontramos que Castilla del Pino publica en estos años desde artículos sobre histopatológica “Método del Cromato de Plata amoniacal para la impregnación de neuronas y axones de los centros nerviosos” (1953) hasta un articulo de tema tan existencialista como “El concepto de gravedad en Kierkegaard” (1950). Esta práctica, que lleva a Castilla por ejemplo a colaborar con el neurocirujano S. Obrador en la evaluación de las capacidades cognitivas de un joven de 29 años operado de un tumor cerebral, dotan a Castilla como veremos de una sólida capacidad de juicio para no dejarse deslumbrar en nuestros días por modelos neuropsicólogos con gran fama del estilo Damasio que creen descubrir mediterráneos al denunciar el Error de Descartes y promocionar un modelo virtual de la realidad.

La aparente contradicción entre los intereses anatomoclínicos y los existenciales hace referencia no solo a una doble admiración de Castilla por Cajal y Jaspers sino a una práctica médica típica de este primer franquismo, dividida entre una asistencia a los pobres en los hospitales clínicos o consultorios de caridad, donde únicamente se atendían pacientes graves con enfermedades somáticas, aplicándoles métodos físicos, y una consulta privada donde, excluido el psicoanálisis como práctica judío-cosmopolita, sólo el diálogo existencial podía dotar de una cierta profundidad al diálogo terapéutico.

Junto a la mezcla de práctica neurológica y la psiquiátrica, Castilla tiene que enfrentar la elección personal entre los dos mandarines que se disputan la hegemonía y el poder para facilitar o impedir carreras universitarias en ese tiempo de franquismo duro y que no son otros que Vallejo Nájera y López Ibor.

López Ibor es por entonces el perdedor de esa pugna por el poder de influencia universitaria -tarda 20 años en obtener una cátedra de psiquiatría presentándose en cada convocatoria- tanto por su ideología monárquica como por su modelo psicopatológico centrado en la fenomenológica: por él se decanta sin ninguna duda la alianza universitaria de Castilla del Pino. Lo mísero de aquellos tiempos queda reflejada en algunas anécdotas reflejadas en las biografías respectivas donde López Ibor le regala 500 pesetas a Castilla para que sobreviva unos días más en Madrid e ir a una reunión o le proporciona un trabajo de interno en la clínica privada del Dr. Esquerdo y que pueda salir de unas pensiones del Madrid de Baroja para comer o dormir con unas mínimas comodidades.

Pero junto a esa función de supervivencia, la alianza con López Ibor me parece que marca una primera etapa en Castilla de resistencia-oposición al franquismo entonces dominante representado por Vallejo Najera que en su papel de jefe de la sanidad militar, católico ultramontano-tomista y admirador de Wagner, caricaturiza las virtudes del franquismo de posguerra que había desmantelado las diversas escuelas psiquiátricas de la república. Lafora y Mira López se exilaron. Sacristán fue marginado de sus puestos. Cuando López Ibor fue nombrado encargado de cátedra de la Facultad de Medicina de Madrid, algunos de esos personajes que representaban los restos del naufragio fueron recogidos allí y frecuentados cordialmente por Castilla del Pino, que ya entonces se consideraba como alguien que recogía el testigo de aquella psiquiatría republicana (Llopis, Olivares, Manuel Peraita, Olivares considerado por Castilla su mentor de aquellos años) para continuar sus valores en un futuro cercano.

Por otra parte la fenomenología, el existencialismo o el Kreapelianismo representaban entonces ideologías de progreso frente a una psiquiatría teorizada por Vallejo como las alteraciones de las funciones del alma propuestas por Sto. Tomás y unas prácticas disciplinarias ejercidas directamente por la psiquiatría al servicio del estado nacional-sindicalista. Vallejo Nájera aporta junto a sus disparates sobre el descubrimiento de diversas locuras en los prisioneros de guerra rojos o la herencia patológica de una vulnerabilidad al marxismo de los internacionalistas, manuales sobre la simulación de enfermedad mental que eran verdaderos instrumentos de descubrimiento-tortura policial.

Su peculiar concepto de la higiene mental que trataba de conciliar la eugenesia darwinista nazi con el nacional catolicismo le llevó a crear estructuras disciplinarias del estilo del Patronato de Protección a la Mujer donde se juntaban policías, beatas y psiquiatras, en un panotoico de vigilancia y control de la mujer que se iniciaba con la vigilancia moral de cines o bailes y podía terminar en correccionales tutelados por monjas con unidades manicomiales para las irreductibles.

Jaspers señala al final de su Sicopatología –seguramente el libro de cabecera de Castilla en esta época- la diferencia entre Psiquiatras de Cátedra y Psiquiatras de Manicomio-vale también psiquiatras-alienistas franceses versus alemanes– argumentando a favor de la cientificidad y el rigor de lo universitario (el propio Jaspers renuncia por sorpresa a la dirección del Psiquiátrico de Heidelberg). Castilla tampoco duda en elegir la vocación universitaria que le va a comprometer durante años en un sistema de alianzas perversas con López Ibor y le va a apartar del análisis de la producción del saber manicomial sobre la locura. Como trataré de razonar más adelante, esta opción universitaria va a separar a Castilla de los intereses centrales de la generación psiquiátrica de los 70 por la transformación de los manicomios, que generó un cierto desinterés por la sicopatología de Castilla valorada como académica y poco útil para esa lucha antiinstitucional.

De cualquier forma lo fructífero de las publicaciones de Castilla en esta primera época resulta sorprendente y explica su actual reserva de saber, acumulado desde este periodo Neuropsiquiátrico. A pesar de esa confusión de campo neurológico y psiquiátrico, Castilla no se decanta por un modelo reduccionista de lo mental a lo cerebral. Ni siquiera en su tesis doctoral sobre Fisiopatología de la Visión Óptica, que prolonga su deseo infantil de continuar a Cajal, la explicación etiológica totaliza ni anula la comprensión de la enfermedad mental. Sin duda la inteligencia de Castilla le libra en estas primeras publicaciones del reducionismo generalizado de sus compañeros de generación y en un interesante trabajo sobre el Deliriun Tremens Alcoholico resalta Castilla del Pino cómo el origen físico del trastorno no determina el contenido de las alucinaciones cuya genealogía hay que buscar en el mundo vivencial del sujeto.

A mi juicio el trabajo que mejor resiste el paso del tiempo de esa época y que todavía sirve actualmente para la formación de cualquier psiquiatra, es la evaluación que Castilla hace del gran adelanto científico de la época: la introducción de los neurolépticos en el tratamiento de las psicosis.

En ese escrito Castilla describe cómo contribuye la cura neuroléptica a desmontar la estructura profunda del delirio. En ese trabajo titulado “Para la Psicopatología de la Remisión Esquizofrenica” analiza Castilla con gran detalle cómo desaparecen los síntomas sicóticos según una pauta evolutiva que va desde la debilitación de la certidumbre en la idea delirante, hasta su degradación en un recuerdo delirante desvitalizado con más o menos conciencia de enfermedad.

Contemplados a posteriori otros tres trabajos psicopatológicos de la época, anticipan las posiciones del Castilla del Pino actual. El primero es un comentario a un texto jasperiano sobre el Delirio Primario donde Castilla insiste en el carácter de alteración formal del pensamiento como clave del delirio, al enfatizar la atribución de una significación anormal a una percepción como base psicopatológica del delirar.

La” prolepsis”, la significación apriorística del sujeto sobre la realidad, es lo alterado en el delirio que pertenece por ello “a las alteraciones de la función de significación”.

En segundo lugar la integración de los Juicios de Valor en la evaluación psicopatológica y la importancia de lo ético para el análisis de la conducta se inicia ya en esta época con un texto sobre la Ética Equivoca (1960). En él Castilla afirma cómo las posiciones éticamente ambiguas posibilitan la inadaptación, anticipando así sus posteriores argumentos sobre la culpa depresiva como reflejo subjetivo del estar llevando una mala vida característico de la depresión.

El tercer trabajo reseñable como germinal de esta época es el titulado Para una Socio- génesis del Resentimiento (1961) donde oponiendo este sentimiento a la envidia, lo evalúa como una afecto constructivo que permite perseverar en buscar salida a la impotencia. Si se recuerda que la ideología franquista de la época veía al proletariado o los derrotados de la guerra civil como el colectivo de los resentidos, en el elogio de Castilla hay una valiente postura de pertenencia a ese mundo de los vencidos.

La ruptura con López Ibor, por su vergonzosa claudicación ante las influencias de López Rodó y Pérez Embil en la exclusión de Castilla como catedrático de la Universidad de Salamanca, marca el final de las ilusiones de conseguir integrarse aunque fuese a contracorriente en la elite intelectual del franquismo.

Fundamentos de una Antropología Dialéctica

Es el subtitulo de un Estudio sobre la Depresión, que marca un cambio profundo tanto en la obra de Castilla del Pino como en la proyección publica de su autor. La obra es recibida como un manifiesto de psiquiatría de izquierda por la inane oposición intelectual de la época. La tristeza vital como sentimiento corporal, como algo que nace del cuerpo, se siente en el cuerpo y debe ser tratado con medicamentos para el cuerpo, era la eterna cantinela de López Ibor. Romper con ello y de paso con todo el discurso de la Razón Vital Orteguiana llevó a Castilla al abandono del método fenomenológico existencial que complementaba el organicismo de su etapa neuropsiquiátrica. La critica al análisis existencial se explicita en la crítica al libro de Luis Martín Santos sobre el tema donde Castilla lo califica como metodología agotada, que termina en un solipsismo que atribuye finas vivencias a un paciente que expresa con toscas frases sus sufrimientos o atribuye formas de ser en libertad a personas determinadas en su conducta por la miseria franquista.

La deriva hacia la izquierda de Castilla procede tanto de este despertar teórico con un interés por la sociología, que incluye desde el joven Marx a Merton, como de su nueva práctica en el Dispensario de Higiene Mental de Córdoba donde, desde 1949, observa cómo la sociogenia, la clase social y la pobreza son las que generan sin excesivas mediaciones el sufrimiento de muchos de sus pacientes que no encajan por el contrario en las metáforas (“la angustia es la sotura entre alma y cuerpo” L.I.) que permitía la distancia de observarlos en un hospital universitario. Castilla junto a esa doble ruptura con la psiquiatría de cátedra y la fenomenología se acerca a posiciones políticas comunistas integrándose en los círculos intelectuales de la conspiración antifranquista y amistando con algunos de sus lideres como Pradera o Enjuto que lo definen ya como “EL” psiquiatra antifranquista.

La Nueva Psiquiatría de Castilla del Pino se caracterizará por la integración de lo sociológico, lo psicodinámico y lo psicosomático en una explicación antropológica del objeto psiquiátrico que llamará del Sujeto en Situación. La antropología dialéctica es la versión española de una tendencia mundial hacia el freudomarxismo como método que aporta una ampliación de la atención psiquiátrica hacia objetos científicos anteriormente desatendidos -la fenomenología pedía poner entre paréntesis la realidad para observar el flujo de conciencia- que permiten a Castilla formular una Teoría de la Motivación del Sujeto Enfermo que amplia radicalmente los aportes de la retórica elección vital de un sujeto flotante y libre de lo social como existente enfermo.

La dificultad de captar directamente al Sujeto tanto en sus determinaciones por la situación, como las actitudes con los otros, determina posteriormente el abandono por Castilla del sujeto como objeto de la psiquiatría y su substitución por la conducta. Conducta entendida como significativa y alejada del reduccionismo del mismo nombre, al introducir Castilla en su definición al componente ético como el determinante de las acciones humanas. La decisión ante un conflicto supone una valoración de las opciones que plantea la realidad subjetiva coloreada siempre de buena o mala. La situación pasa a ser por ello no lo objetivo sino lo valorado: una realidad evaluada desde la ética por el sujeto insertado en su grupo social.

De ahí la necesidad de elaborar una Teoría del Valor. El concepto de valor que asume Castilla está tomado de Ayer y coloreado a posteriori por aportaciones del freudo marxismo que acentúa los aspectos sociales del juicio de valor que reafirma el subjetivismo-constructivismo del valor. Según ese modelo las oraciones estimativas, cuando afirmamos la bondad de una acción, no añaden ninguna información sobre el objeto sino que explicitamos el deseo de que otro haga lo que elogiamos. ”Es bueno lavarse las manos” significa para Ayer que a mi me gusta lavarme las manos y que desearía que mis escuchantes también se las laven.

Castilla no percibe la catástrofe moral, la abolición de cualquier definición de virtudes y la licuación de todo vínculo social que inicia esa teórica imposibilidad para definir bueno en el hombre. Para el relativismo, si bien puedo decir que este hombre es un buen relojero si arregla bien los relojes, resulta imposible decir que fulano es un buen hombre si ha pasado por sus ciclos vitales cumpliendo bien con sus deberes de niño, trabajador, padre, ciudadano, porque el concepto de Bueno para el Hombre es para este freudo-marxismo una proyección instintiva o un fetiche de los valores de intercambio social. Castilla llega a afirmar que la consideración del valor como una propiedad del objeto es una ilusión que en ocasiones conduce a lo paranoide o en todo caso constituye un fetiche libertario producto de la ignorancia del sujeto sobre la genealogía de sus juicios de valor.

La noción de Culpa, central en su teoría sobre la Depresión, aparece definida por Castilla de este tiempo en relación a este eje axiológico de los valores que comentamos. Culpa es “pesar por un hacer indebido que provoca una lentificación de la vivencia temporal y una dificultad de actuación secundaria a un temor a reincidir en la falta”.

La culpa supone una Desvalorización del Self por el juicio negativo de los otros, que al interiorizarse degrada la autoestima. Por ello la culpa tiene un papel moralizador: evita el egotismo, al hacernos dependiente del juicio de los otros para conservar nuestra identidad. Castilla en ese sentido aproxima las vivencias vergüenza-culpa que según Weber separaban las culturas de oriente-occidente al reafirmar su interrelación

Respecto a la Tristeza en la Depresión, según nuestro autor, estaría provocada por la pérdida de un objeto esencial para nuestro narcisismo: el duelo por la pérdida de algo valioso y el sentimiento de pobreza por la pérdida es el antecedente necesario de la tristeza-depresión.

Gracias al análisis de la culpa y el duelo, todo adquiere orden en el puzzle del síndrome depresivo, inexplicado hasta entonces como emergencia de lo absurdo o presentimiento de la nada en lo cotidiano. La angustia lejos de lo metafísico expresaría el miedo a ser efectivamente culpable de la pérdida de objeto y la inhibición psicomotriz estaría al servicio de la evitación de una actuación futura que repitiese la acción culposa. Incluso la Ideación Suicida adquiere sentido adaptativo, al representar la culminación del proceso depresivo cuando cristaliza la desesperanza y desaparece la posibilidad de dar un nuevo sentido a la vida: poner punto final parece menos terrorífico que una vida vaciada de proyecto existencial.

El yo alienado por la depresión es por tanto aquel que no logra conocer y actuar con unas actitudes adecuadas para lograr hacer lo que debe en la serie de situaciones que articulan su vida cotidiana. Depresión es el nombre del fracaso en la lucha por una auto evaluación positiva del sí mismo, de una pérdida del proyecto vital que arroja al sujeto en la desesperanza y el tedio que cancela la esperanza de cambios futuros.

Al tiempo, el estudio de las fantasías depresivas genera el interés intelectual de Castilla del Pino por el mundo onírico. Trabajo limitado en principio al imaginario que expresa las actitudes dominantes en los distintos periodos de la depresión, al análisis del contenido de los sueños como proyección, se amplía a posteriori y permite a Castilla del Pino desarrollar una original interpretación de las proyecciones provocada artificialmente con el Test de Apercepción Temática. Estudios que inauguran su evolución hacia el estudio de la hermenéutica del lenguaje.

También por esta época formula Castilla del Pino, en oposición a la falsa promesa de potencia terapéutica de la psiquiatría académica que promete curarlo todo, una modesta Teoría de la Cura. Una psicoterapia dialéctica proporciona al sujeto una nueva invisión sobre sus errores entre juicios de realidad-juicios de valor y trata de que reevalúe en su contexto lo que quiere hacer–ser (su proyecto) confrontándolo con lo que es y puede hacer realmente.

Castilla del Pino afirma al tiempo el carácter de prótesis conductual de los psicofármacos que una vez iniciados raramente se pueden abandonar: idea que de nuevo contrasta con la tesis de L. Ibor sobre el carácter curativo de los antidepresivos que normalizarían el flujo afectivo alterado de las neurosis. Castilla afirma también la modestia psicoterapeutica y la dependencia del éxito en la psicoterapia más de la potencia del objeto, de la capacidad de invisión y auto reparación del proyecto del paciente que del saber hacer o la potencia del terapeuta, que debe tomar conciencia de sus limites y desechar todo sentimiento de omnipotencia curativa.

Un desencuentro Generacional: los azares de la historia

Aparentemente todo el aparato teórico freudo–marxista desarrollado por Castilla del Pino coincidía con el espíritu y las necesidades de una generación que desde los Pronunciamientos estudiantiles de California en el 68 enfrentaba la lucha contra la alienación como misión histórica evidenciado por el eslogan: lo mental es político. Nada más ejemplar de esa adecuación de Castilla a la situación que sus Patografias donde unos síntomas con aparente causa intima - ansiedad, impotencia sexual- eran detalladamente explicados como productos de enredos en la crianza familiar y conflictos con los valores dominantes.

Pero por uno de esos azares de la temporización histórica, ese encuentro de una generación con su maestro intelectual no se produce porque los problemas centrales que la psiquiatría crítica española elige enfrentar en los años 70 ya no son la Locura y sus mediaciones sociopolíticos sino el Manicomio. Un texto fundacional de Franco Bassaglia –La Enfermedad y su Doble- patentiza ese giro en las tareas históricas de la psiquiatría crítica. Según Bassaglia las formas de locura que conocemos y describe la Sicopatología no son sino el Doble producido en el manicomio de una enfermedad que en estado puro desconocemos. De la misma forma que en los zoológicos se generan unas conductas animales fruto del encierro, distintas de las reales en su vida salvaje, las catatonías descritas en los textos psicopatológicos desaparecieron fuera de las unidades cerradas de los asilos. Cuando un pabellón de agresivos era cerrado, la conducta agresiva de los ahora internados en unidades normales decrecía drásticamente: la agresividad era una profecía autocumplida. Foucault historió la locura en idéntico sentido, de forma tal que nunca más la reducción fenomenológica se recobró.

El viejo lema surrealista “familias os odio” reapareció en el análisis de la familia “normal” como fábrica de alienación que practicaba la antipsiquiatría inglesa en los 70. Su insistencia en los dobles vínculos y los nudos comunicativos generadores de una enajenación de la vida en familia explicaban la crisis de identidad del futuro psicótico. Eran esas situaciones de elección imposible las que la psiquiatría etiquetaba como enfermedades para preservar la vida familiar. Descripción tan sesgada del horror familiar cotidiano que contribuía a cerrar el movimiento antiinstitucional a dilemas “reformistas” de análisis individuales o técnicas psicoterapéuticas para apuntalar unas relaciones de parentesco que es preciso destruir y sustituir por relaciones comunales no basadas en la autoridad o la tradición.

El análisis de Goffman sobre las Instituciones Totales (manicomios, cuarteles, conventos) como fábricas que destruyen la individualidad y producen-imponen una Seudoidentidad Institucional (el loco, el soldado) a la medida del dictado social apuntalan una teoría negativa sobre la locura que determinaba una consigna clara: hasta que no se derribasen los muros de los manicomios, cualquier sicopatología era una ficción y su estudio una traición que robaba tiempo a las urgencias de la militancia.

Este desajuste entre los psiquiatras críticos (por primera vez mayoritarios en los centros desde la República) con el pensamiento de Castilla del Pino pudo ser visualizado en un Congreso de la AEN celebrado en Valladolid en la década de los 70. Allí nuestro autor encabeza una candidatura que se propone comprometer ese movimiento en dirigir esta prestigiosa institución para convertirla en un foco de saber crítico y oposición a la dictadura. Parecía una postura evidente ya ensayada con éxito por todas las “fuerzas de la cultura” que se movían en la órbita del Partido Comunista Español.

Posición contestada por un aparentemente débil y desorganizado grupo antipsiquiátrico encabezado por Ramón García que afirmaba la necesidad de no “enfangarse” en políticas de participación en instituciones democráticas para concentrarse en las luchas reales contra los manicomios. Manicomio concebido como institución donde únicamente la autogestión y el alta masiva de los internados generara un nuevo concepto de enfermedad-tratamiento psiquiátrico, cuando ya liberado de ese doble que hoy malconocemos y maltratamos como enfermo, se liberasen del estigma.

Sorprendentemente, esta posición fue mayoritaria en el Congreso, y una reunión académica se transformó en una asamblea permanente donde ni se permitió la lectura de las ponencias oficiales ni a nadie interesó la discusión de por ejemplo “Las actitudes de la población ante las enfermedades psiquiátricas” que figuraba en el programa. La fórmula de consenso con que concluyó aquel movimiento asambleario refleja nítidamente su voluntad ateórica: si la sicopatología o el psicoanálisis proponen poner entre paréntesis lo real para estudiar el mundo vivencial o la novela familiar del neurótico, el movimiento antiinstitucional pondrá entre paréntesis el problema de la locura para transformar-destruir las instituciones donde esta locura ha permanecido encerrada y transformada en su caricatura desde los últimos siglos.

Un hermeneuta en el mundo de la banalidad psiquiátrica

Tras el fracaso de las previsiones antipsiquiátricas, que una vez logrado su objetivo de rescatar a los internados del encierro manicomial comprueban que el “doble de la enfermedad mental” -el autismo, el defecto, el delirio- no era tal pues continúa produciéndose en pacientes que no han conocido el internamiento, la práctica psiquiátrica entra en una fase de confusión. El movimiento antipsiquiátrico había triunfado en cuanto razón negativa, despertando justas dudas sobre todo el armazón teórico del diagnóstico. Por ello la psiquiatría tenía dificultades en su aceptación por la comunidad científica como práctica medica normalizada. El experimento clave para el declive en esa confianza fue su probada incapacidad psiquiátrica para detectar simuladores y la calificación de psicóticas para conductas de exploración antropológica de los simuladores. La publicación incontestada en Nature del trabajo sobre Sanos en el Lugar de Insanos sigue siendo el reproche central que degrada lo psiquiátrico a una práctica artesanal.

Junto al desánimo por el desprestigio teórico de lo psiquiátrico, más pragmático fue el horror gremial de los psiquiatras norteamericanos al contemplar cómo sus consultas pueden no ser reconocidas como necesidades médicas por las poderosas aseguradoras ante la poca fiabilidad de sus diagnósticos y la competencia terapéutica de múltiples ofertas psicológicas.

Contra esa catástrofe profesional (las vocaciones psiquiátricas descienden geométricamente en esos años) la APA organiza un movimiento importante de reagrupación de la psiquiatría tradicional -neoKrepelinianos, jóvenes turcos- que logran imponer una clasificación -la DSM III- autocalificada de ateórica y pragmática, que impone un lenguaje fiable y logra quebrar las viejas clasificaciones nacionales. Eso sí, a costa de hacer aún mas impreciso el lenguaje de la vieja sicopatología y eliminar toda reflexión crítica substituida por un sistema de votaciones que hace aparecer o desaparecer objetos psiquiátrico -neurosis, histeria o perversiones figuran entre las bajas; pánico o estrés postraumático entre las altas- sin otros argumentos que las opiniones dominantes en una votación de la APA. Un poco sicótico es el increíble criterio que se emplea para describir el Trastorno Límite por la DSM III, con el mismo rigor que un ginecólogo puede definir a su paciente como un poco preñada.

De nuevo a contracorriente, Castilla abandona la antropología dialéctica cuando juzga que constituye un modelo impreciso para estudiar la conducta, buscando en la Hermenéutica del Lenguaje una metodología dura, capaz de purgar a la sicopatología de su carácter humanístico-difuso para formular un lenguaje bien hecho. Es desde lo Verificable -a partir del análisis del habla- desde donde podemos inferir el sentido de la conducta humana incluida en lo que desde ahora Castilla va a llamar Psico(pato)logía.

Según el nuevo modelo sólo podemos captar el sentido de la acción humana, si logramos desentrañar las proyecciones del hablante analizando su actividad lingüística.

Actividad lingüística que cuanto peor hecha, mas idiosincrásica y alejada de la objetividad científica, mas información nos suministra sobre el sujeto. Si Freud descubre la emergencia del inconsciente en los lapsos lingüísticos, y su genio le permite descubrir el deseo de que la amante de un compañero de excursión tenga la regla tras la pequeña equivocación sobre los Frescos de Ovieto, Castilla del Pino descubre esas proyecciones con el rigor del análisis lingüístico.

Hermenéutica del Lenguaje que a partir de una sencilla clasificación del habla en Oraciones Indicativas, que funcionan como connotaciones, y Oraciones Ostentativas, que ejercen una función de marcadores de realidad, construye Castilla una impresionante arboleda de interpretación que le permite reordenar las clasificaciones psiquiátricas.

Idéntica opción contra la imprecisión le lleva al abandono de la noción de Situación, en la que descubre una reedición del tópico orteguiano del hombre-en su circunstancia, para substituirlo por la noción de Contexto. Contexto es la situación creada tanto por las convenciones de los hablantes como por los rituales sociales que marcan la Conducta Adecuada–Apropiada y anticipan el fracaso de las mismas como patología mental. El Inadecuado en un duelo es quien no esté triste o lo esté demasiado o durante más tiempo de lo convenido. La conducta Inapropiada del que cuenta intimidades a un desconocido en el ascensor anticipa un diagnóstico de desinhibición maniforme o de psicosis al violar las normas residuales.

También la definición de sujeto es ahora reformulada por Castilla del Pino en términos empíricos, admitiendo al sujeto como una inferencia del observador ante las redundancias de conducta, en búsqueda de una exactitud que le exigirá en próximos escritos de una Teoría de los Sentimientos. Al tiempo desglosa al sujeto del self, definido ahora como autoconciencia surgida de las relaciones con los otros, mientras reserva para el yo la designación de la parte activa de la personalidad. Todavía subdivide al Self entre su faceta actitudinal y otra intelectual como subsistemas que crean “yoes de actuación” para cada acción concreta.

Si bien Castilla no formaliza una antropología que substituya al marxismo, en su descripción de las relaciones humanas como procesos donde los hombres buscamos mantener la autoestima frente al otro, el eco de la metáfora hegeliana del Amo y el Esclavo parece emerger de su obra. Es Hegel, y tras él Mead y Honneth, quienes mejor han formulado cómo en la lucha por el reconocimiento y sus derrotas, en las figuras del menosprecio, la desposesión y la deshonra, se encuentra el motor último de los conflictos humanos en modernidad.

Las dos obras cumbre de esta etapa de Castilla del Pino son Criterios de Objetivación en Sicopatología e Introducción a la Psicopatología. En ellas afirma un modelo etiológico en el que las Neurosis nacen de luchas por combatir la inaceptación del self que causa la inseguridad y el miedo a perder una imagen autogratificante. Lucha que el neurótico emprende mediante los mecanismos defensivos de la Elusión Miedosa del Contexto frente al normal que asume esa lucha por el reconocimiento. En proximidad psicopatológico de lo neurótico se sitúan los Trastornos de Carácter, como intento de limitar y rigidificar las interacciones con los otros, a aquellas que devuelvan una buena imagen del sujeto, descalificando o excluyendo al resto de relaciones posibles.

Pero es en el análisis de los Actos Sicóticos donde Castilla hace funcionar con todo rigor su aparato lógico del análisis del lenguaje, para redefinir Delirio-Alucinaciones y Defecto Esquizofrénico con enorme originalidad. Frente al modelo fenomenológico que define la Alucinación como” percepción sin objeto” y al delirio como intuición patológica, propone Castilla un Modelo Judicativo afirmando que alucinaciones y delirios son productos de Denotaciónes y Connotaciones adiacríticas.

El alucinado no percibe mal sino que denota una vivencia interna como externa al perder la Función Diacrítica que permite a los normales clasificar nuestras percepciones como externas o internas, como producidas por el sujeto o como impuestas por la realidad.

En el delirio estaríamos también ante una patología de la connotación que produciría un logema incorrecto al atribuirle una certeza que excluye los criterios de verosimilitud–probabilidad que tienen todas nuestras atribuciones de acertar el sentido de las conductas de los otros. El delirante salta de los Indicios a la Verdad sin percibir el carácter proyectivo y autogenerado de esa atribución de certeza. De ahí el blindarse frente a la crítica que caracteriza la evidencia delirante que excluye cualquier puesta en duda o cualquier abordaje psicoterapeutico como ya resaltaba Jaspers. Se aleja este modelo de atribuir “monstruosidad psicológica” a estas figuras acercándolas a la comprensión y permitiendo por ellas un acercamiento discursivo-terapéutico.

Finalmente la Esquizofrenia puede ser diagnosticada cuando esta estructura delirante-alucinatoria queda ya fijada en el Defecto Psicótico, cuando el delirante prescinde para siempre de los objetos y se encerrase en un Autismo Adiafórico con el que en el aislamiento y la corporalidad gestual comunica que no quiere comunicar.

Las Locuras en el Quijote

La Hermenéutica del Lenguaje dota también a Castilla del Pino de un poderoso método para el análisis literario. Sus textos sobre el Quijote pueden dar un ejemplo de la capacidad de sugerir que el método proporciona en ese terreno fronterizo del análisis de los locos egregios de la literatura clásica.

Desde luego como Castilla nos advierte, no se trata de forzar un diagnóstico de Esquizofrenia o Locura Compartida para caballero o escudero en el Quijote, sino de descubrir los errores de construcción biográfica en sus actuaciones novelescas, de investigar su moralidad y los valores que guían esas vidas inventadas en su choque con los otros.

En su Teoría del Personaje nos muestra Castilla a Alonso Quijano como alguien al que sus lecturas han descubierto sus Potencialidades de Ser, dotándolo de una voluntad de ser un Alguien, de ser un Quien, de hacerse una biografía reconocible por el mundo más allá de su anonimato en un pueblo manchego y de su condición de hidalgo insignificante.

Deseo de potencia vital que aunque despertada por banales lecturas, inicia tanto el descubrimiento de un deseo de querer ser más, como la posibilidad de actuar con grandeza ante los cercanos que incluye la capacidad de despertar a Sancho para la aventura, imponiéndole toda la retórica de la andante caballería como norma de actuación.

Alonso Quijano en lugar de adaptarse al pequeño mundo de la Mancha y ser un personaje adecuado de ese mundo, para ser otro necesita cambiar el mundo. Como desea ser grande y sabe “que para ser más que alguien, es necesario hacer más que alguien”, debe pasar de la imaginación de las novelas de caballería a la actuación transformándose en un caballero andante. Los objetos y las personas deben por tanto plegarse a las nuevas significaciones que el sujeto les da y transformarse en yelmos o gigantes las vacias y molinos, y en bellas damas encantadas las palurdas manchegas. Por tanto Alonso decide No Ser lo que los otros dicen que es, sino Ser el personaje que él elige ser: Yo sé quien soy afirma. Para ser el caballero andante deseado, Alonso de Quijano debe Dislocarse de su personaje, saliéndose del contexto de hidalgo lector y rompiendo con ello la Barrera Diacrítica para dotar con juicio de realidad tanto a D. Quijote como a una Mancha Imaginaria construida con el modelo de la fantasía aportada por la lectura caballeresca.

Con ello, el mundo interno substituye al externo y todo el contexto de realidad es transformado por los valores de la caballería, evadiendo la realidad empírica que cuando se impone y tira a tierra al caballero queda descalificada con el recurso al encantamiento del malvado mago. El invento de Otra Realidad y Otro Yo permite a Alonso la autosatisfación en medio del mundo propio que se ha creado y a pesar de sus desgracias reales es feliz al dar sentido a una biografía construida desde el deseo.

Alonso Quijano construye un self de grandeza, sobreconstruyendo el personaje de D. Quijote, y aunque D. Quijote sea un error de Alonso Quijano, es un error necesario para su supervivencia, como muestra la muerte cuando se deconstruye el personaje al recuperar la razón.

El análisis de Sancho Panza permite a Castilla describir la diferencia entre Delirio e Idea Sobrevalorada. En el Juego de Fantasia se consiente la Desrealidad (Sancho sigue la corriente de su amo) o se cree la falsa realidad, según que el momento le favorece (como gobernador de la ínsula), o le perjudique. Sancho vuelve a lo real cuando la supervivencia le va en ello. Sancho no entra en la Locura a Dos precisamente porque juega a ser escudero sin dejar de ser Sancho Panza, siempre atento a su provecho en el mundo real. A diferencia del Quijote, que deja de ser Alonso y se olvida de ama y sobrina cuando se lanza al camino, Sancho si acepta ser juez o gobernador lo hace sin dejar de ser criado, ni olvidar a su familia.

Castilla enfatiza al respecto, que quien se desliza en la vida cotidiana desde el “hacer de médico o de juez para totalizar toda su vida con esos papeles y no quitarse la toga ni en la fiesta con su familia" está iniciando ese deslizamiento hacia la locura. El deseo de ser otro, de trepar socialmente en Sancho logra mantener la Función Diacrítica que le fija a lo real. Bien es cierto que al final de la novela el deseo de ser otro y el juego caballeresco le resulta a Sancho tan placentero que cuando D. Quijote recupera la razón para morir, no duda en incitarle en volver a jugar el juego de inventar nuevos personajes pastoriles que le permitan escapar a la sórdida realidad manchega.

Si Alonso Quijano debe morir cuando pierde su deseo de ser Quijote, no debemos dejar de percibir en Sancho la adquisición del carácter novelero que su amo le ha inducido y la persistencia del deseo pastoril o inventar lo que sea con tal de jugar en serio a ser otro. Si Alonso de Quijano queda inane cuando deja de ser El Quijote, algo de esa vivencia desgraciada en perder la capacidad de salirse de su contexto miserable para construirse una vida de escudero ha contagiado a Sancho.

Muy distinto es el nivel de juego que tienen los Duques que se divierten con los personajes a los que saben inferiores por no poder dejar de jugar. El noble matrimonio repite el abyecto juego cortesano de convertir a D. Quijote y Sancho en Criaturas de Placer como los enanos y locos pintados por Velázquez usados en la Corte como animales de compañía, reclutados o mejor raptados entre los anormales nacidos por toda la geografía imperial. Sus complicidades con el juego de identidades de D. Quijote y Sancho nacen simplemente del aburrimiento y del deseo de diversión con la desgracia ajena, afirmando además en todo momento su superioridad para iniciar o cancelar el juego.

Finalmente la muerte de Alonso Quijano refuerza otro de los descubrimientos de Castilla que ve el sentido de muchos delirios como un Error necesario. Más allá de lo patológico, cuando el delirante se cura y vuelve a la realidad sin esa identidad que permite salvaguardar el self, la cura le conduce a la muerte aceptada como no va más ante la derrota en esa lucha por el reconocimiento. Alonso escoge la muerte ante la imposibilidad de vivir en el papel del esclavo de una identidad impuesta por el Amo-Realidad del bachiller, el ama o la sobrina.

Las Paradojas del Celoso

Los juegos de Anselmo, Lotario y Camila, el trío protagonista del Curioso Impertinente permiten a Castilla analizar la genealogía de los Mecanismos Paranoides que construyen el discurso y la actuación del celoso. El paranoide sufre una patología de las connotaciones por la que convierte las interpretaciones en certezas. Al haber perdido de vista que sus suposiciones son acercamientos verosímiles o probables a la verdad, y no aprensiones ciertas de la misma, se transforma en el incontestable poseedor de la verdad.

El saber del paranoico quiere trascender a la verosimilitud–probabilidad por escapar al tormentoso dudar de ser engañado. Saltar del indicio a la certeza es de hecho delirar cuando uno se convence de su capacidad para llegar a lo real sin mediaciones y percibe a la vez su centralidad e importancia en el mundo. Connotando a los otros como perseguidores o ladrones en potencia de sus posesiones y objetos amorosos, el paranoide se autoproclama árbitro de lo real.

El suspicaz Anselmo que desea poseer la totalidad del objeto amado, al intentar evidenciar que Camila no desea al amigo crea una situación experimental para confiar con certeza, que conduce a su deshonra. Anselmo al no aceptar los límites de la relación amorosa, confiando en la fidelidad de Camila, obtura la única cura para sus celos: aceptar el carácter proyectivo de los juicios de valor, dando a los indicios el justiprecio de probabilidad y verosimilitud que poseen.

Al tratar de probar la fidelidad de su esposa, Anselmo trata de ser Dios actuando en el papel del director de escena omnisciente del juego de tentaciones que inventa. Pone en marcha al hacerlo una suspicacia generalizada que causan la desgracia general. Se labra su ruina al atribuirse una inteligencia psicológica y una meta interpersonal sobrehumana: poseer el saber cierto sobre la intención y la conducta del otro.

De Nuevo a Contracorriente

La evolución hacia la precisión y la voluntad de convertir a la psiquiatría en una ciencia con un objeto claro y un lenguaje bien hecho de Castilla del Pino lo sitúa de nuevo a contracorriente de la evolución histórica de la psiquiatría. Tras la DSM IV la práctica psiquiátrica progresó en simpleza y banalidad convirtiéndose a la vez en una actividad pretenciosa. Las promesas de aquel diagnóstico empírico y ateórico basado en el consenso profesional prometido por la DSMIII produjo un listado de síntomas agrupados por trastornos a los que corresponde un psicofármaco accesible desde un breviario adaptado al bolsillo de la bata que permite actuar en consenso (para el Trastorno Limite el consenso incluye practicar la filosofía dialéctica y el zen).

El desprestigio científico de la disciplina y el desprecio del pensamiento fuerte se compensó por un clamor popular por cuidados psiquiátricos generalizados. En un proceso de inflación sintomática -todo es un trastorno psíquico-, toda la población se ha convertido en usuarios potenciales de las consultas psiquiátricas y ya empieza a ser una rareza no tomar algún ansiolítico. Si antaño la resistencia al estigma de la psiquiatrización hacía iniciar la entrevista con un “yo en realidad no estoy de psiquiatra y vengo obligado por la familia o el medico general”, en postmodernidad la indefensión aprendida de la multitud y la licuación de cualquier red de apoyo, escucha o consuelo en los grupos naturales conduce a casi la mitad de la población hacia ese único lugar de consuelo llamado consulta psiquiátrica.

Ya la DSMIII había excluido el término neurosis de su glosario por no empírico y en reñida votación el término perversiones por políticamente incorrecto. Cada trastorno a incluir o excluir era decidido en el Congreso de la APA según un modelo de discusión que provocaba un nuevo motivo de escándalo. Millon protesta públicamente porque el Trastorno de Personalidad Explosivo es excluido a causa de que el lobby feminista de la APA piensa que dicha categoría puede ser usada como disculpa legal ante los tribunales. La psicosis, cuya definición precisa venimos rastreando en Castilla, se define en la DSM III como “alteración grave en el juicio de realidad y creación de una nueva realidad. Cuando una persona está psicótica, evalúa incorrectamente la exactitud de sus percepciones y pensamientos y hace inferencias erróneas acerca de la realidad externa incluso a pesar de evidencias contrarias. El termino psicosis no es aplicable a distorsiones menores de realidad sobre temas opinables o ambiguos”.

Es obvio, como observará mi improbable lector, el cúmulo de imprecisiones y juicios de valor que contiene la susodicha definición, que llega al colmo de la ambigüedad cuando define el Trastorno Límite como trastorno casi psicótico por “la existencia de trastornos sicóticos menores por su auto limitación o cura espontánea hacia patologías menores”.

Por volver al principio, de nuevo y contra toda razón, la historia de la práctica psiquiátrica postmoderna confirma el modelo de López Ibor con que iniciamos estas líneas. Los Objetos Psiquiátricos no Identificados creada por esa demanda de consuelo, acaba siempre por cumplir con algunos criterios que la DSM propone para el espectro depresivo, o mejor con las condiciones de población susceptible de consumir con provecho fármacos antidepresivos (hay un largo listado de usos cosméticos del Prozac para normales) ya anticipada en un rupestre pero profético libro de López Ibor. En él había planteado cómo las neurosis o los llamados trastornos psicosomáticos eran epifenómenos de una patología depresiva subyacente que el enfermo no detectaba como tristeza: son depresiones sin depresión. En el fondo, argumenta López Ibor, todos los humanos seríamos neuróticos compensados en Eutimia, porque cuando la corriente afectiva está en sus horas altas encubre con su flujo de conciencia fobias, obsesiones o alteraciones de carácter, como el río con buen caudal que oculta los despojos animales. Cuando el “endon depresivo” baja, esa corriente enlentecida y empobrecida de conciencia saca a flote esos síntomas de seudoneurosis que son en realidad equivalentes depresivos.

Desde luego que los modelos DSM no llegan a ese nivel de abstracción analítica (recuérdese su pretensión ateórica) pero sí han configurado una práctica en la que todo paciente que llegue a una consulta psiquiátrica con cualquier queja -ansiosa, caracterial, dolorosa o impulsiva- saldrá de la breve entrevista con una receta de al menos un antidepresivo a tomar por periodos que van del semestre al resto de su vida. En el mejor de los casos, junto a este/os antidepresivos, recibirá una instrucción cognitivo-conductual sobre cómo ser empírico y estoico para combatir sus pensamientos pesimistas, actuar contra sus fobias o dominar sus impulsos .

Esta practica psiquiátrica determinada por consultas masificadas y con tiempo limitado, impide pensar y mucho menos emplear cualquier hermenéutica que interprete el síntoma. Para evaluar fracasos en la autoevaluación o pesares por el mal hacer que nos decía Castilla, la agobiada pareja del psiquiatra usuario del centro de salud. De nuevo una historia que actualiza la sinrazón deja al pensamiento de Castilla del Pino al margen de las prácticas dominantes en la psiquiatría real. Reafirmo que ese éxito del pragmatismo APA-DSM no procede de ninguna victoria ideológica y ni siquiera sólo de esa búsqueda de la servidumbre voluntaria de las poblaciones que buscan guía y consuelo en las consultas psiquiátricas, sino fundamentalmente de la imposición de los intereses de la industria farmacéutica que de tener unas ganancias marginales con los psicofármacos se han convertido en su negocio hegemónico. Junto a los altos niveles de población que los consume (un ansiolítico es el fármaco mas vendido por la farmacia española), el precio de los neurolépticos se ha multiplicado por mil en los últimos años sin clara justificación de la eficacia de los mismos. Por ello ningún congreso psiquiátrico es concebible hoy sin el patrocinio de esa industria que obviamente condiciona la agenda, el formato y horizonte teórico de las reuniones que impone los consensos psiquiátricos.

Derrotas y Victorias

Walter Benjamín enseñó a los mejores de su generación a echar su suerte con la de los perdedores y a despreciar a quien valora el éxito como criterio de verdad. Disonancia cognitiva es hoy el nombre académico de quién guía su conducta adivinando y ejecutando el deseo del amo recitando ideologías progresistas. Su lema en la práctica siquiátrica contemporánea podría ser Ganamos porque Mandamos aunque sea a costa de transformarnos en todo contra lo que habíamos luchado. Castilla del Pino no enseñó rigor psicopatológico, nos mostró una practica incompatibles con las falsas promesas del poder.

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Guillermo Rendueles Olmedo

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Bibliografía

- Slavoj Zizek (2008): Arte, Ideología y Capitalismo, Círculo de Bellas Artes, Madrid.

- Basaglia, F. (1996): ¿Qué es Psiquiatría?, Guadarrama, Barcelona.

- Ruano, Yolanda: (1966) Racionalidad y conciencia trágica, Ttotta, Madrid.

- Beauvois, JL (2008): Tratado de la Servidumbre liberal, La oveja negra, Madrid.

- López Santos, Mariano (2007): López Ibor. El hilo rojo de su pensamiento, Biblioteca Nueva, Madrid.

- Honneth, Axel (1984): La Lucha por el Reconocimiento, Península.

- López Ibor (1966): Las neurosis como enfermedades del animo, Gredos, Madrid.

- López Ibor (1949): El problema de las enfermedades mentales, Paz Montalvo, Madrid.

- López Ibor (1950): La Angustia virtal, Gredos, Madrid.

- Fuente: Corrent Roig.

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Notas
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