Warning: array_shift() expects parameter 1 to be array, boolean given in /htdocs/public/www/config/ecran_securite.php on line 283 Géminis Papeles de Salud - Entrevista con Guillermo Rendueles, psiquiatra que frente al mercado y las miserias del individualismo propugna lo colectivo como recurso de salud mental

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Salvador López Arnal, Corrent Roig
16 de julio de 2009

Entrevista con Guillermo Rendueles, psiquiatra que frente al mercado y las miserias del individualismo propugna lo colectivo como recurso de salud mental

Guillermo Rendueles Olmedo (Gijón, 1948) es psiquiatra y ensayista. Su obra, señala Wikipedia, “se centra en la crítica de la psiquiatría ortodoxa, en la teoría social y en la política radical”.

Rendueles cursó sus estudios de bachillerato en el mismo lugar en que nació, la Academia España de Gijón que dirigía su padre, y en el Instituto Jovellanos. Desde muy joven recibió clases del filósofo anarquista José Luis García Rúa y en la adolescencia inició su militancia en el Partido Comunista de Asturias.

Licenciado en medicina por la Universidad de Salamanca en 1971 y doctor en medicina por la de Sevilla en 1980 con una tesis sobre la izquierda freudiana, inició su trabajo en 1972 como médico residente en el Hospital Psiquiátrico de Oviedo. Participó allí en un movimiento antipsiquiátrico que promovió la transformación de la asistencia de los enfermos mentales, lo que provocó una dura represión del gobierno franquista y el despido de la mayoría de médicos de ese centro. Tras realizar, como represaliado, el servicio militar en la isla de La Gomera, continuó participando en los movimientos de renovación psiquiátrica en el Hospital Psiquiátrico de Ciempozuelos y en el Hospital Provincial de Gerona.

Trabaja desde 1980 en Asturias como psiquiatra del Insalud. Entre 1980 y 1989 fue profesor asociado en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Oviedo. En 1989 se incorporó como profesor tutor de Psicopatología en el centro asociado de la UNED de Gijón. Ha sido impulsor de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, a cuya directiva ha pertenecido.

Tiene publicaciones -entre ellas Egolatría, reseñada por Santiago Alba Rico [1] en una docena de libros en diversas editoriales españolas y casi una centena de artículos en distintas revistas. Por algunos de esos trabajos ha sido premiado por la Real Academia Española de Medicina (en 1982) y por la Asociación Española de Neuropsiquiatría (en 1983). A principios de los años noventa, tras haber estado cierto tiempo apartado de la actividad política, participó en los grupos antimilitaristas que promovían la insumisión y volvió a colaborar con colectivos y medios de comunicación de izquierda. Escribe regularmente en el periódico asturiano La Nueva España.

Entrevista con Guillermo Rendueles, psiquiatra que frente al mercado y las miserias del individualismo propugna lo colectivo como recurso de salud mental

- Si me permite, déjeme iniciar la conversación con algunas definiciones, con algunas delimitaciones conceptuales. ¿Qué tipo de enfermedades mentales trata la psiquiatría?

En alguna ocasión he manejado la metáfora de la psiquiatría como coche escoba de la medicina social, como práctica de cuidados que recoge todos los malestares que no caben en las categorías científico-naturales de la medicina o los recursos sociales. La medicina ofrece demagógicamente una definición de salud como “un estado de bienestar y realización físico–psíquica” para toda la población. Como es obvio que vivimos en una sociedad llena de sufrimiento y malestar no reparables por tratamientos médicos ni ayudas sociales, cuando un dolor o una queja no tiene un substrato anatómico clínico demostrable o es imposible de encuadrar en las pedagogías sociales, se le etiqueta como enfermedad psiquiátrica y se le trata con ansiolíticos y antidepresivos que efectivamente acallan el dolor. Todo ello para no confesar la impotencia del llamado estado del bienestar para ofrecer una vida buena. El niño no educable en la escuela acaba en el psiquiatra. El ama de casa quejica de dolores a los que no se le encuentra causa física, el psiquiatra la etiqueta de somatizadora y le da ansiolíticos. El comercial que no duerme y abusa del alcohol, de nuevo ansiolíticos. Todo con tal de no cuestionar la escuela, el hogar o el comercio como focos de alienación y mala vida que hay que transformar o destruir.

De ahí que la practica psiquiátrica sea una práctica muy pretenciosa: ofrece mejoras para toda clase de males y desde luego promesas que luego no puede cumplir. Como el Bálsamo de Fierabrás los psiquiatras ofrecen remedios para toda clase de situaciones: dirección del duelo para las catástrofes o la muerte de algún ser querido, enfrentamiento al estrés laboral, dolor de enfermedades reales pero de causa desconocida como la esquizofrenia o los trastornos afectivos. Todo acaba en un totum revolutum llamado psiquiatrización de la vida cotidiana. De ahí que la sala de espera de un psiquiatra sea un lugar singular donde coexisten desde malestares banales secundarios a la vida cotidiana con los sufrimientos más atroces de las psicosis o las grandes depresiones que terminan en el suicidio. Para todos tiene el psiquiatra una palabra como un cura, o una pastilla como un médico, o una rehabilitación como un masajista.

- ¿Y qué relación, si existiera, observa usted entre la psiquiatría y la psicología?

Los dos gremios compiten en ofrecer remedios que psiquiatrizan o psicologizan la vida cotidiana. Ambas profesiones se proponen como remedios para todos esos malestares que van del nacimiento a la muerte. La gente ha sido desposeída de sus saberes comunes para criar hijos, para el sexo, para envejecer, para luchar contra la explotación laboral, y necesita técnicos que provistos de saberes psi le enseñen a vivir. Psicopedagogos para criar hijos sanos mentalmente, sexólogos para concebirlos, psicólogos para hacer duelo por la muerte de los deudos, gerontopsicólogos para envejecer saludablemente y neuropsiquiatras contra el mobbing.

Los psicólogos limitan ese enseñar a vivir, limitan estas curas de la vida a palabras, y los psiquiatras ofrecen además pastillas que hacen distanciarse a los sujetos de la situación invisible y con ello a tolerar mejor el dolor vital. Ambos ofrecen lo que no pueden dar: remedios técnicos para resolver sufrimientos sin romper los marcos de la situación que genera esos dolores y que no son otros que el individualismo o el mercado. La lucha por atender a las poblaciones emergentes que buscan amo psiquiatrizador entre ambos gremios es patética por parte de los psicólogos que piden intervenir en los centros de salud con argumentos muy cercanos a la antipsiquaitría de los años 70 –la enfermedad mental no es una enfermedad como las otras, afirman con justicia- pero afirmando que es el gremio psicológico con sus variadas escuelas, y no las redes populares, quien pueden romper esa malaria urbana que hoy constituyen las quejas encuadrables en lo psicológico o psiquiátrico.

- Entonces, psiquiatrizar y psicologizar son, según usted, tareas muy próximas.

Efectivamente. En el sentido señalado de psiquiatrizar y de psicologizar, son tareas similares. No se trata de sustituir una práctica psiquiátrica por una psicológica, sino de salirse de ambas redes que limitan los análisis y soluciones populares al egoísmo y al calculo afectivo que hoy domina la ideología popular, y que psiquiatras y psicólogos refuerzan como aparatos del estado que son. Ante un duelo o un despido, ambos discursos recurren a metáforas economistas para formular sus tratamientos: desinvertir afectos del muerto o el trabajo perdido, volver a invertirlos. Cualquier situación se enmarca por ambos gremios en las oscuras aguas del calculo egoísta que decía Marx. No conozco a nadie que haya ido al psicólogo y le haya preescrito la lucha solidaria contra sus males, sino cuidar de sí en el marco intimista. Nadie que no haya ido y no le hayan dicho que él no puede arreglar el mundo ni tiene culpa de sus desarreglos y que se afane al carpe diem. De hecho, leer un manual de autocuidado es una incitación al egoísmo, y muchos de los manuales para mujeres una auténtica agresión a sentimientos altruistas: aprender a decir no, no amar demasiado, calcular bien el intercambio afectivo para no salir defraudadas. En fin, una especie de buen inversor no sólo en la bolsa sino en la casa o la cama.

Depsiquiatrizar o depsicologizar la vida cotidiana supone recuperar un saber común, que antes tenía la mayoría de la gente para gestionar las situaciones de sufrimiento o conflicto, sin recurrir a unos técnicas psi o una pastillas con dudosa o excesiva eficacia (las pastillas psiquiátricas son a veces demasiado eficaces y permiten tolerar situaciones intolerables, adormeciendo los sentimientos que permiten cambiarlas). Para escuchar penas o aconsejar con prudencia, cualquiera de nuestro entorno sirve, menos un profesional psi que no comparte valores ni sentimientos y por ello los enmarcará en sistemas ideológicos de la escuela a la que pertenezca.

- ¿La tradición psicoanalítica ha dejado su huella en la psiquiatría actual?

La psiquiatría actual está dominada por clasificaciones procedentes de la muy poderosa Asociación de Psiquiatras Americanos. Hace una década impusieron una clasificación de las enfermedades mentales llamada DSM III [Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales], que excluyó cualquier término psicoanalítico como neurosis o histeria. Se pretendió con ello una clasificación empírica y ateórica de los trastornos mentales que supuso, en la práctica, que los psiquiatras dejasen de pensar o interpretar la relación de los síntomas psiquiátricos con la biografía de sus pacientes, para buscar signos objetivos de enfermedades y tratar las enfermedades con protocolos de consenso logrados por votaciones democráticas en los congresos psiquiátricos. Una de las relaciones freudianas más tradicionales “las neurosis son inversiones de las perversiones sexuales” desaparece de la DSM III no por ningún debate teórico sino cuando en esas votaciones desaparece la perversión como categoría gnoseológica, sin más explicaciones que el éxito del colectivo gay en lograr votos.

En el fondo la DSM III nació por la impotencia de la psiquiatría o la psicología para diagnosticar con precisión. Unos investigadores fueron ingresados como enfermos y los psiquiatras fueron incapaces de detectar la simulación. El horror de los años 70 en la academia psiquiátrica es que, al no poder identificar simuladores o no ponerse de acuerdo en las peritaciones ante los juzgados para bajas laborales, la administración excluyese a lo psiquiátrico del campo médico o del pago de las muy poderosas compañías de seguro americanas. De hecho, algunas definiciones en la DSM dependen de un pacto con esas compañías para que no empiecen a pagar seguros médicos a los esquizofrénicos antes de los 6 meses que se exige para el diagnóstico de esta enfermedad. La voluntad de ser empíricos y ateóricos barrió toda la “epistemología de la sospecha” que Freud había introducido para interpretar los síntomas psiquiátricos y dar sentido a la enfermedad, para relacionar el sufrimiento psiquiátrico con los poderes familiares que escribían la versión canónica y falsa de la infancia.

Hoy los síntomas psicológicos -nuestras angustias o depresiones- son una especie de equivalentes de unos trastornos de los neurotrasmisores que, aunque nadie pueda medir, se suponen modificables con psicofármacos o terapias. De ahí que Freud sea hoy un completo desconocido para las nuevas generaciones de psiquiatras.

Y eso para no hablar de la izquierda freudiana que dio importantes materiales para las revueltas contra el manicomio y la institución total de los años 70 y las resistencias antiautoritarias al familiarismo. Lo psicoanalítico ha quedado por ello como una escuela con escasa aplicación en la clínica real, en parte por sus propios errores sobre la centralidad del dinero de la cura tipo (Freud afirmó que si el enfermo no paga dinero al terapeuta es poco probable que se cure y casi seguro que no abandonará su terapia). La aplicación literal de esa relación de medicina liberal de pago por acto médico impidió al psicoanálisis implicarse en un modelo social en donde integrarse. Finalmente la regresión de los psi, que renuncian a formarse con la profundidad y el trabajo que exige aprender psicoanálisis, termina de ensombrecer el futuro de las prácticas psicoanalíticas.

Los americanos dicen que el psicoanálisis es otra de las rarezas de Paris y el número de pacientes tratados por analistas no llega ni al uno por mil de la población psiquiatrizada en nuestro mundo.

- ¿Qué significó aquella rebelión antipsiquiátrica de los años sesenta y setenta a la que usted hacía referencia? Estoy pensando en David Cooper, en Franco Basaglia, …

El movimiento de Psiquiatría Democrática que encabezó Basaglia representó la voluntad de dar la vuelta al sofisma del manicomio que eludía el análisis del encierro en la génesis de la gran locura. Lo mismo que en los zoológicos se produce una conducta animal que no es la real en el manicomio se producía lo que Basaglia llamaba el Doble de la Enfermedad Mental. El manicomio producía una locura que no era la de los pacientes sino la producida por el estigma y la profecía autocumplida de la psiquiatría de la época que describía la locura como peligrosa e irrecuperable. De ahí que todo el saber producido por la observación de locos encerrados, es decir toda la psicopatología clásica era un seudo saber parecido al de la zoología del parque de fieras. Categorías psiquiátricas centrales como la esquizofrenia catatónica desaparecieron de los libros cuando desaparece el encierro manicomial.

Yo trabajé en un manicomio cercano a Madrid donde los pacientes estaban internados y diagnosticados en pabellones sintomáticos. Había pabellones de violentos, incontinentes, crónicos cerrados, abiertos, etc. Por un derrumbe tuvimos que repartir los internados del pabellón de violentos por el resto del manicomio, y la conducta violenta dejó de producirse en los enfermos que padecían la violencia. La violencia no era algo producido por el cerebro o la enfermedad de los pacientes sino creado por la institución que los cronificaba.

Del manicomio, el análisis basagliano se extendió a otras instituciones totales como el ejército, las fábricas, los internados estudiantiles y fue muy productivo para las revueltas de mayo 68. De repente las masas en las fábricas descubrieron que el sufrimiento laboral no tenía que ver con su trabajo real o la producción, sino con las disciplinas que imponían gerentes y capataces. Los movimientos de la Autonomía Obrera italiana deben mucho a ese análisis postbasagliano, en el que la fábrica se parece al manicomio o el cuartel en falsificar las vidas de sus internados y en crear una vida doble de la real-posible. Destruir los muros de esas instituciones fue la bella consigna que saltó de los manicomios a las cárceles, las fábricas o los cuarteles. La esperanza de destruir ese archipiélago de instituciones que limitaban la vida fue el último fantasma de la libertad que yo conocí.

- En cuanto a Cooper

David Cooper y Ronald D. Laing hicieron unos análisis más microsociales de la familia como institución generadora de patología mental codificando figuras como los padres esquizofrenógenos o las teorías del doble vínculo como substrato de la comunicación autoritaria y enloquecedora que quebraba la identidad del sujeto casi desde el nacimiento.

De nuevo la locura era prefabricada desde la irracionalidad de la autoridad familiar. Cuando se falsifica la percepción de las necesidades infantiles, y una madre afirma saber que su hijo tiene sueño y debe irse a la cama aunque el niño diga no tener sueño, se esta iniciando ese proceso de pérdida de saber íntimo que en su extremo crea locura (la autoridad y la orden de véte a la cama se enmascara en cumplir las falsas necesidades del niño como el mercado satisfará todas las falsas necesidades del adulto). El discurso del padre aparece en esos análisis como el eco directo de la voz del amo estatal, mientras la madre es una figura más enloquecedora por su papel ambivalente entre la incitación a la sumisión y las fantasías utópicas. Estos análisis fueron muy productivos para el pensamiento antiautoritario y antifamiliar con propuestas de comunidades terapéuticas sin terapeutas y en desenmascarar todas las trampas que el lenguaje normal forjado en la intimidad crea en la enajenación cotidiana. Gestionar la enseñanza de los sentimientos correctos, de cómo se debe querer, que constituía una función familiar central, saltó por los aires en esos años gracias a los análisis de Laing.

La derrota de todo ese movimiento es hoy más que evidente, cuando las familias de enfermos tienen un poder grande y piden tratamientos obligatorios o cerrados para sus hijos, y en la práctica están logrando la vuelta a unas disciplinas panópticas cercanas a neo manicomios y al uso masivo de psicofármacos inyectables quincenalmente como profilaxis de cualquier conducta violenta. Cada vez que hay un acto violento de un paciente psíquico, el clamor por el encierro no cesa y las maldiciones contra la antipsiquiatría tampoco.

Afirmar que aquéllo no fue un sueño y que, efectivamente, luchar contra el manicomio fue luchar contra el orden o el familiarismo es hoy, más que un ejercicio de memoria, una afirmación de la esperanza en rebrotes de la razón tras su eclipse.

- En las enfermedades mentales, ¿la herencia genética es determinante? ¿Influye, de qué forma, el ambiente social, la estructura familiar? ¿Depende de las enfermedades?

Los conceptos de enfermedad mental están mal definidos y por ello es difícil de contestar a la pregunta de las influencias del ambiente o los genes. En los grandes síndromes bipolares y esquizofrénicos la herencia parece indudable, pero es la herencia de una vulnerabilidad que no se parece al modelo del despertador biológico preparado para que surja la enfermedad a la llegada a la pubertad.

El brote psicótico y las fases maniacodepresivas precisan de un desencadenante y, una vez desencadenada, su evolución depende de cómo se trate y se prevengan las recaídas. Si se la medicaliza en extremo o se la encuadra en profecía auto cumplida -la locura nunca cura- se transforma en un proceso invalidante que hace sujetos dependientes de por vida, que necesitan según los protocolos actuales vigilancia y control perenne sin ninguna posibilidad real de alta médica. Médicos y familias coinciden que ante el riesgo de recaída es preferible tratamientos perennes.

Por el contrario, que se limite el tratamiento y el pronóstico positivo a episodios psicóticos con perspectivas de cura, permite vidas en libertad que gestionen con prudencia ese riesgo indudable de recaída que los genes provocan. Gestionar ese riesgo desde lo autoritario y la profilaxis del “por si acaso recae que tome neurolépticos de por vida” o aceptar el riesgo ”sin medicar por si acaso” define hoy las posturas neomanicomiales o libertarias frente a las grandes psicosis.

El resto de los trastornos psíquicos -depresiones, angustias, trastornos de personalidad, malestares por estrés- son falsas enfermedades que se etiquetan como tales para individualizar sujetos frágiles para que puedan ser tratados con técnicas que no pongan en cuestión el papel desencadenante de la mala vida urbana que está en la base de sus sufrimientos. Ni el trabajo como lo conocemos, ni las casas de vecinos que articulan nuestras ciudades, ni las familias realmente existentes, sobrevivirían sin la toma masiva de ansiolíticos que permiten dormir, levantarse y aguantarnos unos a otros en esa especie de cloaca sobrepoblada en que vivimos. Los procesos de etiquetado y psicologización de esos malestares, que permiten sean vividos en privado y no se colectivicen, completan el papel apaciguador y distanciador que permiten las categorías psiquiatrizantes y los psicofármacos.

- A finales de 2008 el New York Times informaba que más de la mitad de los 28 especialistas encargados de preparar la próxima edición, prevista para 2012, del DSM-IV-TR: Mental Disorders. Diagnosis, Etiology & Treatment, el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales por excelencia, mantiene algún lazo con empresas farmacéuticas [2]. Ya en 2006, investigadores de la Universidad de Tufts denunciaron que el 56% de los encargados de revisar el DSM habían tenido al menos un nexo monetario con un laboratorio entre 1998 y 2004. El porcentaje era aún mayor entre los expertos que trabajaban en enfermedades mentales más graves, la esquizofrenia por ejemplo. Concretamente, según el NYT, uno de los psiquiatras firmantes del DSM había ejercido de consultor de trece laboratorios diferentes en los últimos cinco años (entre ellos, algunos de poder tan inmenso, y casi inabarcable, como «Wyeth» y «Pfizer» [3]). ¿Es así? Una situación de dependencia o subordinación de este orden, ¿puede alcanzar esta dimensión? ¿También en España?

Un ansiolítico –el lorazepan, propiedad de uno de los dos laboratorios que mencionas– es el fármaco más vendido en España, por encima de la aspirina o los analgésicos. En general en apenas 20 años los psicofármacos han pasado de ser algo marginal en las ganancias de los monopolios farmacéuticos a ser sus productos estrella y ello sin que se halla producido ningún descubrimiento importante en sus laboratorios. Los trastornos psiquiátricos se diagnostican, como en la medicina del siglo diecinueve, por la escucha de los síntomas de los usuarios y no por ningún mediador interno sobre el que podamos medir la eficacia de los fármacos para aliviarlos como en el resto de la medicina del siglo xx. Frente al antidiabético que, para ser más eficaz que el anteriormente comercializado y vendido, debe normalizar las cifras de azúcar de cada enfermo que lo usa, los psicofármacos sólo deben hacer ver o escuchar que el paciente dice encontrarse un poco mejor que con la anterior pastilla, sin modificar ningún marcador material de mejoría. Obviamente, ese carácter no objetivo es el sueño de cualquier mercader que quiera vender pastillas que, como las diferentes marcas de coches, sean un poco mejor que los de la competencia.

Los antiguos antidepresivos o neurolépticos son igual de eficaces que los nuevos para atenuar los síntomas de enfermedad, como a duras penas tienen que reconocer sus fabricantes. Varían sólo en que producen menos efectos secundarios: el Prozac (del otro laboratorio del que hablas) se empezó a recetar a miles de enfermos en América no porque fuese un antidepresivo más eficaz que el anafranil sino porque no engordaba o secaba la boca como sí hacía éste. Pero su valor económico pasó a multiplicarse por miles de euros.

Un psicofármaco contemporáneo para el tratamiento de la esquizofrenia suele costar más de 100 euros y a veces más de 200 al mes frente al haloperidol igual de eficaz que puede costar 2 euros aunque produzca más efectos secundarios.

El uso de psicofármacos es además un mercado cautivo, y un psicótico un cliente seguro desde los 20 años hasta la muerte, si se siguen los consensos dominantes hoy en psiquiatría. Como decía, al ser fármacos que a diferencia del que trata la anemia no tiene que demostrar su eficacia en protocolos rigurosos, sino en la observación del médico que lo trata y rellena cuestionarios, son tremendamente sensibles a la propaganda y la influencia del recetador que decide la mejoría o empeoramiento de acuerdo con su ojo clínico, por desgracia tremendamente sensible a los reclamos de los laboratorios farmacéuticos, que gastan cifras millonarias en manipular a los psiquiatras como intermediarios de ese mercado.

Todo ello define un mercado especial: enormes ganancias, no objetividad del producto, dependencia del fármaco elegido de la decisión del psiquiatra. Por ello, la propaganda sobre el psiquiatra que los prescribe determina unas relaciones profesionales mercantilizadas, de las que casi nunca se habla entre los profesionales que se aprovechan de las migajas del sistema.

No hay un solo congreso psiquiátrico en la que sus asistentes se paguen inscripción o viajes sin el apoyo de la industria farmacéutica, industria que sin presionar directamente sobre los psiquiatras (en mi experiencia es raro el “recétame y te pago el viaje a América”) obviamente genera unos mecanismos de agradecimiento que hace una rareza las antiguas reuniones de psiquiatras críticos o contraculturales. Los congresos de las asociaciones de psiquiatría, en teoría de izquierda, son en ese sentido tan dependientes de la industria farmacéutica como las de la derecha, y sus congresos tienen el mismo estilo de grandes hoteles y banquetes en restaurantes caros, antaño reservado a los mandarines de la medicina.

- Cambio de tercio. Usted ha señalado recientemente que el hecho de que el 30% de la población obrera asturiana afectada por reconversiones acuda hoy a los Centros de Salud Mental ejemplifica un desastre: “el viejo orgullo del proletariado que “sabia quién era” está siendo substituido por personalidades pasivo dependientes que buscan en los ‘psi’ tutela, pastillas y consejos para reconducir su vida según un régimen de servidumbre voluntaria”. ¿Por qué habla usted de servidumbre voluntaria? ¿Qué podrían hacer entonces los trabajadores/as afectados?

Si me permitís la pequeña grosería, lo que buscan en salud mental los trabajadores agobiados se parece al que para buscarse amores se va de putas. Ante el horror real de la vida cotidiana, todo el mundo sufre y necesita que alguien le escuche, afecto, consejos prudentes o incluso mimos que alivien el horror económico. Buscarlo en un profesional que cobra del estado por esos menesteres, y no comparte las realidades del trabajo o el barrio o puede tener unos valores tan opuestos al consultante como ser del opus dei (una de mis pacientes dejó de ir al psiquiatra después de dos años, cuando supo que su terapeuta no estaba en consulta por ir de cacería) parece una confusión vital más que como aquel borracho busca la llave no donde la ha perdido sino donde el ayuntamiento ilumina.

Frente a esa ayuda profesionalizada que coloniza la vida desde un saber poco creíble (hay multitud de escuelas psi), el pueblo debería colectivizar su dolor y acumular valor para mirar de frente lo que oferta la vida en el mercado, sin edulcorarlo con la falsa promesa de que cuando la cosa vaya mal algún psi de la “seguridad social” me ayudará aunque yo no tenga redes solidarias en que apoyarme.

Aprender que el malestar no depende de su psique individual, sino de las relaciones de explotación y sumisión al imaginario de deseos que nos hace vivir por encima de nuestras posibilidades con modelos de clase media, es la amarga verdad que la población trabajadora se niega a ver. Saber que, si me encierro en el egoísmo y la búsqueda de salvación en el intimismo, cuando esa vida íntima se me derrumba y, por ejemplo, se muere mi objeto amoroso o pierdo el trabajo, ningún profesional me puede ayudar realmente porque ningún profesional puede sentir conmigo a sueldo, puede ser un primer paso en esa renuncia a las falsas promesas. Sólo desde las viejas solidaridades, de hablar cada mañana con los compañeros y salir a tomar sidra o vino tras el trabajo para maldecir al patrón o comentar los azares de San mercado con la esperanza que algún día todo ese sistema caiga, fue vivible una cotidianidad tan dura como la del trabajador fabril tradicional. Sólo lo acogedor del barrio, de los lugares donde uno está entre los suyos, sólo los vínculos con los compañeros y sus familias, y una forma de vida en lo común, permiten escapar a las miserias del individualismo o disminuir diluyéndolas en lo colectivo las penas cuando la tragedia nos alcanza.

Si cada uno va de su casa al trabajo, se encierra en el familiarismo y en los grupos de aficiones comunes, está condenado a tener un alto riesgo de terminar en el psiquiatra, como el que acude al lupanar a buscar amores profesionales.

- El precariado en el que vive una gran parte de los trabajadores españoles, autóctonos o no, ¿está afectando a su salud mental? ¿Hay cifras al respecto? Se habla de una epidemia de depresiones que afecta al 30% de la población y hay barriadas obreras donde es más normal haber pasado por las consultas de salud mental que no haber necesitado ayuda psiquiátrica a lo largo de la vida.

La miseria subjetiva que la vida en precario crea es la imposibilidad de crear esos vínculos serenos, de los que hablaba más arriba, para describir la cotidianeidad de la clase obrera tradicional. Un niño tiene un vínculo sereno cuando puede jugar en el parque sin mirar continuamente a su madre, porque sabe que ella va estar allí cuando se caiga. Uno puede arriesgarse en la vida, y ser un activista social, si sabe que tiene una red social amplia, que cuando la desgracia le alcance va a tener solidaridades múltiples. Esos lazos solidarios, esos vínculos serenos, necesitan tiempo y tradiciones de identidad. Desde el colegio los antiguos trabajadores codificaban sus gustos y sus maneras al imaginario de clase que los protegía, y los endurecía, del mundo hostil de los señoritos: sabían que los melindres o la depresión no eran para ellos, que al tajo se iba a sufrir pero que la vida podía permitirles devolver golpes a ese mundo de la burguesia si permanecían juntos. Sin tiempo para estar juntos y sin coger la cita que las viejas tradiciones obreras les proporcionan los precarios están perdidos: ni identidad colectiva, ni defensas de clase les protegen. La ideología del pícaro, la vieja astucia del lazarillo para burlar y sacar las ventajas que puede, parece ser la tendencia subjetiva preferente en el precariado que corre como puede entre amos desalmados buscando cobrar del paro o las bajas médicas, es lo que se ve de nuevo desde las consultas de salud mental.

El término depresión es un cajón de sastre que quiere decir malvivir o incapacidad de autogestionar la vida sin ayudas profesionales. Afecta a los sectores de población más colonizadas por el intimismo: mujeres, precarios sin redes sociales sólidas, viejos sin compañía que las han perdido, jóvenes renegados de su clase y aspirantes a trepar socialmente. Frente a ellos, la vulnerabilidad a la depresión se invierte cuando el tiempo de trabajo o la organización de actividades crea grupos con identidades solidarias que se suponen pueden durar toda la vida. Frente al voluntariado social -que crea grupos ligeros, que llama H. Bejar de malos samaritanos- los viejos sindicatos, los grupos comunistas, las comunidades religiosas, creaban vínculos e identidades sólidas que endurecían y “empoderaban” (hacían sentirse dueños de sí) a sus miembros frente a las crisis vitales que el propio tiempo genera. Se decía aquello de un comunista nunca está solo porque suponía que cualquier trabajador podía ser su amigo y que las edades del hombre -juventud, madurez, vejez- tenían unos rituales tan cercanos a lo religioso que hacía que incluso la muerte fuese aceptada como un pasar la cita con la historia a las generaciones venideras. Si esa identidad se licua, y el precariado no permite enlazar la vida individual con esos colectivos y esas tradiciones, la cotidianeidad se convierte en ese cuento lleno de ruido y furia contado por un idiota que fácilmente busca sentido-consuelo en el psi. A ese sesgo cognitivo de buscar ayuda fuera de los iguales, en los expertos, en la técnica, es lo que llamo proceso de servidumbre voluntaria, que ni siquiera es consecuente con la ideología egoísta que ha elegido, y que enlaza con el prototipo de Lázaro de Tormes que he propuesto líneas arriba.

- ¿Cómo cree usted que está afectando la actual crisis, esta crisis cuyo fondo no acabamos de entrever, a las gentes trabajadoras? Las amenazas de despidos, de cierres patronales, de reconversiones, ¿taladran su conciencia?

La crisis continúa un proceso de contrarrevolución que aumenta la egolatría del sálvese quien pueda y la cobardía colectiva para pelear por un mundo radicalmente otro. Todas las crisis sociales son oportunidades para cambiar la historia. En ésta que nos ha tocado, las clases populares van a salir más desestructuradas y derrotadas de lo que entraron: perderán la batalla sin ni siquiera haber peleado. Viejas palabras como ocupación de fábricas, autogestión, nacionalizaciones, son fósiles lingüísticos para unos colectivos sindicales que, como en el chiste, sólo piden a sus señores quedarse como están.

Se parece por ello esta derrota obrera a esos experimentos de Indefensión Aprendida en que los animales de experimentación sometidos a castigos en una piscina se dejan morir cuando aún tienen energías objetivas para pelear. El dolor colectivo y la ansiedad producida por el riesgo de neopobreza está, como las malas salsas, sin ligar por ninguna organización que le dé forma y salidas colectivas.

De continuar la tendencia actual, las capas populares saldrán subjetiva y objetivamente más maltrechas de lo que entraron y, a mi juicio, se acentuarán tendencias reaccionarias que difícilmente imaginamos, desplazando la rabia contra los emigrantes y no contra los poderosos. De cualquier forma la historia no está nunca escrita del todo y, como escribió Brecht en su imprescindible “Oda a la dialéctica”, los derrotados de hoy son los vencedores del mañana. Pero para ello, quizás perder la esperanza de buena vida en el mercado o en los bienestares de la psicologización, es un paso imprescindible para salir de esa indefensión y decidirse a pelear con las fuerzas que aún quedan.

- ¿Qué puede hacer un psicólogo, un psiquiatra ante la desesperación de estas personas trabajadoras? ¿Decirles que hagan la revolución?

Puede tratar de encuadrar ese sufrimiento subjetivo en lo impersonal, impidiendo el proceso de individuación o de culpabilización que añade miseria psicológica a la económico-social. Saber que el paro toca como “la lotería al revés” tranquiliza a quien busca causas y remedios psicológicos de su malvivir en su biografía preguntándose qué hice mal. Tratar de crear vínculos no profesionales entre parados, entre personas con sufrimientos etiquetados de depresivo-ansiosos, y dar formas de interpretar la angustia-depresión en un marco colectivo que busque agrupar seudoenfermos en redes de apoyo y consumo paralelo pueden ser sugeridas desde las consultas.

Los fundadores de Alcohólicos Anónimos persistieron en beber mientras iban de psicólogo en psiquiatra por todo el mundo. Dejaron de beber y crearon la red de autoayuda más potente del planeta, cuando tomaron conciencia que en la ayuda mutua se podían crear las redes y técnicas que evitan beber. Siempre me ha parecido un ejemplo a seguir.

El movimiento feminista tiene experiencias similares: las de Boston lograron reapropiarse de unos cuerpos mutilados por la ginecología. Tener valor para pensar y actuar desde la experiencia acumulada puede lograrse desde la confesión de impotencia profesional de los psicólogos o psiquiatras, si tuviesen honradez para autoevaluar realmente su práctica real, tan poco eficaz en aliviar el dolor subjetivo.

- Usted ha afirmado que “bajo rótulos psicoterapéuticos, determinados aparatos burocráticos constituyen dispositivos de producción de identidades destinados a individualizar el sufrimiento producido por la crisis y evitando así cualquier estrategia colectiva”. ¿Es una estrategia consciente en su opinión? ¿Es una subordinación a los intereses del capital?

Uno de los rasgos centrales del nuevo espíritu del capitalismo es que no necesita conciencia o ideología dominante para imponer su dictado: con que se consuma y se sometan las poblaciones al régimen de necesidades que la propaganda crea … A los grandes monopolios no le importa el pensamiento de la gente.

En ese sentido la psicologización no es una práctica consciente del capitalismo, porque no la necesita. Simplemente con que el pueblo se encierre en su casa, su pareja, y olvide las viejas identidades basadas en grupos naturales, la victoria de san mercado está asegurada. Si no hay un Nosotros desde el que vivir, y el yo sucesivo es el único punto desde el que se reflexiona, el capitalismo puede dejar flotar a esos individuos y que escojan cualquier ideología que no recree esos vínculos. Precisamente el anticlericalismo de los postmodernos atufa a ese deseo de liquidar incluso la ideología comunitaria que en tiempos les sirvió y que en lo que tiene de Nosotros Identitario les resulta una paradójica resistencia a pesar de lo anticuado de sus protestas.

Quizás al Estado y a los políticos sí les interesa aparentar una eficacia de la que carecen para influir en la vida real de las personas, e ideoligar una seguridad social frente a los azares económicos suponga un mecanismo de evitar el desinterés de la población sobre lo político. Afirmar que al menos el estado puede dar escuela y centros de salud desde la izquierda, puede ser un mecanismo de fidelizar unas masas ya convencidas de la inanidad del estado para influir en el paro o la vida real.

- Salud y mental y relaciones de producción capitalistas, ¿son términos que permiten conciliación en su opinión? ¿El capitalismo, por el contrario, es enemigo de la salud mental de las personas?

Los efectos patológicos del capitalismo sobre la salud mental no nacen de una voluntad maligna, que hacía gritar a la Bruja Avería “Viva el Mal. Viva el Capital!”, sino de que en su necesidad de multiplicar sus ganancias vendiendo nuevas mercancías, precisa crear necesidades continuas en las personas y por ello se transforma en un sistema que necesita producir identidades basadas en una especie de glotonería consumista que no se satisface nunca. ¿Cuánto es bastante?: se responde desde el mercado con un "Nunca" que genera ansiedad continua en las personas. La sobriedad y la configuración de unos gustos y unas satisfacciones, al margen de las seudonecesidades creadas desde la ideología capitalista, son el primer paso para adquirir una difícil salud mental, siempre cercada porque algún fetiche ofrecido por la publicidad -tal viaje, tal coche, tal casa- acierte a enlazar con alguna perversión propia y nos haga vender la vida para cambiarla por dinero para comprar esos productos dotados del encanto mágico de la mercancía que adquiere lo interiorizado como deseo. El sujeto tal como lo conocemos es tan voraz y tan maldotado de Hibris, de falta de freno a sus ansias, que precisa un sistema muy racional para contenerse.

Vivir sobrios y ser un poco mojigatos me parece un consejo prudente en estos tiempos de exhortación a liberar el deseo o atreverse a todo como signo de salud mental. Reprimirse frente a la desublimacion represiva, de la que nos hablaba Marcuse como característica del postcapitalismo, es una reflexión necesaria a pesar de que suene a pensamiento reaccionario.

- También usted ha afirmado que los estudios de epidemiología psiquiátrica señalan que la conciencia de clase, el capital social, es un remedio “que atempera la vulnerabilidad y aumenta la resistencia frente a la depresión por estrés laboral”. ¿Por qué? ¿Cómo actúa positivamente “el grado de reciprocidad y confianza en las relaciones formales e informales entre personas, que facilita la acción colectiva en búsqueda de beneficio mutuo”? Recordaba usted que un impecable estudio finlandés sobre 35.000 trabajadores mostró ese capital social como mejor preeditor de riesgo-protección para superar la crisis.

Se ignora a veces que los estudios de Elton Mayo, que dieron cobertura a la ideología taylorista que liquidó la cultura de clase en las grandes industrias americanas, es el estudio de un psicoanalista que reconvierte cualquier queja contra el capataz o el patrón en proyecciones de una mala imagen familiar. Sus largas entrevistas a las obreras de General Electric tienen un formato psicodinámico donde afirma que tras el odio de clase se traslucen los fantasmas edípicos de odio al padre. Es decir, el malestar en la fábrica sería un rencor vertido en la fábrica pero construido en lo familiar. Convertir a cada gerente en un psicólogo fue la receta que tanto éxito dio a la productividad taylorista: “tras cada demagogo hay un neurótico” fue la fórmula que permitió el tratamiento individualizado del malestar obrero etiquetado de resentimiento.

Los psicólogos de empresa buscan por ello identificar a esos sujetos inadaptados para desactivar cualquier colectivización o protesta que sume malestares, para tratar individuo a individuo esa “proyección” del sufrimiento íntimo que se vierte en la fábrica.

Pocos estudios analizan los colectivos activando su memoria colectiva, analizando lo que hay de común en las humillaciones de la cadena cuando hay que pedir permiso para ir a mear, o cambiarse el támpax, con independencia de la personalidad o la historia individual. En esa memoria grupal se descubre lo poco individualizada que es la neurosis del trabajador que vive como fatiga y daño físico-psíquico la reducción de su vida a tiempo de trabajo. Se puede incluso medir cómo aumentan los consumos de alcohol, o las rupturas de pareja, en relación a crisis laborales.

La miseria de las organizaciones sindicales se puede visualizar en su incapacidad para articular esos estudios que posibilitarían un relato colectivo del daño laboral sin reducirlo al esquema de estrés y laboral productos de depresión- ansiedad en función de la vulnerabilidad personal.

La cultura psicológica del norte de Europa conserva restos del antiguo pacto social que permitía sustituir la cogestión por medidas sindicales muy ligadas a la base, que dejaron una magra cosecha de estudios sobre el papel protector de la asamblea en la higiene mental de los trabajadores frente a los comités de seguridad en el trabajo. En ese sentido, los equivalentes empíricos de la conciencia de clase -asistencia a asambleas, participación en comités de salud laboral, construcción de redes amistosas desde la fabrica- suministran protección eficaz frente a bajas laborales por depresión-ansiedad.

- Apuntaba también usted en una carta al colectivo de Espai Marx que, cuando alguien se siente acosado en una empresa, su única defensa real son las relaciones horizontales con sus compañeros, son esas relaciones las que le pueden permitir analizar su sufrimiento en términos colectivos, y encontrar apoyos reales en ese colectivo. ¿Qué tipo de apoyo puede encontrar un trabajador desesperado entre compañeros no menos desesperados en ocasiones?

La escucha de alguien que vive las propias condiciones laborales ya es terapéutica porque, a diferencia de la escucha psicológica, es una escucha enmarcada y no descontextualizada, en la que se comparten valores y se puede actuar sobre la situación real que genera el malestar. De esa escucha siempre nacen formas de micro solidaridades, que se traducen en pequeños actos de resistencia y sabotaje a los ritmos laborales o a los abusos de los de arriba. En un taller de calderería, cuando entraba el ingeniero comenzaban a caer herramientas desde los andamios a su paso, con lo que las visitas se hicieron infrecuentes. Tras algunas cenas navideñas en unos astilleros gijoneses los coches de los encargados aparecieron pintarrajeados. Tras las fiestas de comadres en Gijón las obreras del textil se reafirmaron en no abandonar un encierro que duró años. De esos contactos esporádicos basados en escuchas mutuas, a salir del trabajo y compartir cotidianidad creando esas redes y esos vínculos que permiten construir un Nosotros y unas rutinas comunes, no hay mucha distancia y me parece el único manual de supervivencia que conozco frente al individualismo que termina en una especie de narcisismo egotista en la que cualquier perdida afectiva lleva a la depresión.

- Hace muy poco ha fallecido Carlos Castilla del Pino. ¿Qué ha significado Castilla del Pino en la historia reciente de la psiquiatría española?

Perdón por citarme pero he escrito un largo articulo sobre Castilla, del que fui buen amigo, que podéis reproducir en vuestro portal. En él, por decirlo de forma sintética, afirmo que mientras su figura era aclamada por la psiquiatría de izquierda durante sus reuniones, la práctica real de esos psiquiatras progresistas se correspondía mejor con la del gran psiquiatra del franquismo López Ibor. Éste afirmó como tesis central que “las neurosis eran enfermedades del ánimo que no precisaban psicoterapia sino antidepresivos”. No hay apenas ningún neurótico hoy en España que no reciba dosis medio altas de antidepresivos de acuerdo con esas tesis. Como en tantas cosas, el tirano dejó las cosas atadas y bien atadas, y mientras en lo ideológico se alaba a Castilla, en la práctica se actúa con las ideas y la lógica del franquismo.

- Finalmente, hablando una vez más de memoria histórica, un psiquiatra militar, el señor Vallejo Nájera, calificó a los rojos españoles de enfermos mentales. Propuso tratarles como tales y creo que lo consiguió. ¿Era eso saber científico, ideología psiquiátrica, fanatismo envuelto en términos pseudocientíficos?

Vallejo Nájera fue una fiel expresión de las contradicciones del franquismo. Escribió textos sobre la simulación psiquiátrica que llevaron al paredón a bastantes rojos que trataban de hacerse pasar por locos, escupió sobre los internacionalistas con unos estudios epidemiológicos repugnantes, moralizó a mujeres y niños creando en los años cuarenta unas instituciones de represión llamadas «Patronatos de Protección a la Mujer» que vigilaban y castigaban las faltas a la moral monjil que el dictador impuso. Para colmo escribió un tratado de psiquiatría, basado en la psicología de Santo Tomas de Aquino con apartados sobre la patología de la voluntad y otros disparates similares, que fue obligado manual en las facultades de medicina franquistas.

Pero, frente a la mayoría de la psiquiatría republicana, no se apuntó por motivos religiosos a apoyar la eugenesia de los pacientes mentales, que fue el crimen capital de la psiquiatría del siglo que entonces se iniciaba y que muchos de los científicos de izquierda con base en el darwinismo apoyaron. Lafora, el gran psiquiatra de la República, bien entrados los años cuarenta, aún defendía la esterilización de los pacientes mentales graves. Varios científicos e intelectuales de la Liga para la Reforma Sexual encabezada por Aurora Rodríguez aprobaban el “uso del gas ciclón para eliminar las vidas sin valor”.

En ese sentido yo he mantenido, en algunos textos, cómo hay muy poco que oponer a la psiquiatría fascista representada por Vallejo, porque enfrente no hay ningún psiquiatra al servicio de la razón liberadora. Había una práctica psiquiátrica republicana defensora del manicomio provincial, una higiene mental basada en la eugenesia terrorífica, el tratamiento del pánico del soldado cercano al frente para reintegrarlos al matadero, y un largo horror que hace difícilmente defendible la contradicción entre una psiquiatría fascista frente a otra de izquierda. Ambas formaban un totum revolutum en que había muy poco de bueno.

Gracias, gracias por su tiempo y por sus generosas y solidarias respuestas.

- Fuente: Corrent Roig.



Guillermo Rendueles en Corrent Roig.

- ¿Miserias sociales o malestares íntimos? Conversación con el psiquiatra y escritor Guillermo Rendueles, Fernando Alvarez-Uría y Julia Varela, 1 de setiembre de 2009.

"Hoy el panóptico y la presión de la individualización en el salario es tan fuerte que se fragmenta al grupo obrero. Un amigo que trabajaba en la naval como soldador, y que ahora trabaja en la Suzuki, me explicaba el cambio cotidiano: pasar de rituales colectivos de trabajo a una disciplina que exige pedir permiso para ir al baño, o a tener que mantener el taller sin un sólo papel por el suelo, o a tener que anotar el tiempo empleado en elaborar cada pieza con el pelota y chivato de turno vigilándote".

- Coger la Cita: Castilla del Pino y López Ibor, Guillermo Rendueles, 10 de setiembre de 2009.

El autor defiende en este artículo que la mayoría de los psiquiatras españoles mantienen una conducta de Disociación Cognitiva hacia Castilla del Pino. La disociación se construye por una visión hagiográfica de la biografía de Castilla del Pino que lleva a aclamarlo como maestro de vida frente a un desconocimiento y desuso de su teoría en una práctica clínica. Practica más consonante con la obra de López Ibor que afirmó la base depresiva de las neurosis y la psicosomática.

- Bossing, Moving: ¿Necesito psiquiatra o comité de empresa? Guillermo Rendueles, 11 de agosto de 2009.

El resultado de esa individuación laboral es que el nuevo fantasma que recorre Europa, no tiene un mundo nuevo en sus corazones sino una nueva enfermedad en el alma con bautizo en ingles, bajo los nombres de Bossing o Mobbing. “Enfermedades” que traducen las nuevas figuras del sufrimiento en el trabajo, relatadas en un formato intimista como acoso psicológico en el trabajo.

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Notas

[1Santiago Alba, Rebelión, 14-09-2005

Egolatría

En términos filosóficos, podríamos definir la cultura occidental del último cuarto del siglo XX como el resultado de la Autodestrucción de la Razón en virtud de su propio ejercicio interno; es a eso a lo que hemos venido llamando postmodernidad para definir una constelación de discursos que, gloria del chisporroteo, reivindicaban la "muerte del sujeto", el fin de los Grandes Relatos de emancipación, la identidad débil o fragmentada, el relativismo narcisista, el derecho al presente, la ironía descomprometida, la construcción estética de una personalidad discontinua.

Algunas de estas consignas no hubiesen estado nada mal en un mundo mejor, pero en el realmente existente parecían venir sencillamente a replicar o doblar fantasmalmente (alegre nihilismo de las élites urbanas occidentales) el muy material y destructivo proceso que erosionaba y sigue erosionando el suelo de la humanidad, esa brega imparable que hemos venido denominando, con una cierta timidez eufemística, "globalización": el desmantelamiento del Estado del Bienestar, la "flexibilidad” laboral, la destrucción de la comunidad, la corrosión del carácter, la fragmentación biográfica, el imperio del ello consumidor, la deslocalización de las relaciones y la volatilización de los lugares.

En estas condiciones, la Autodestrucción de la Razón era indisociable de una autonegación de la política -como necesidad y aspiración a un marco colectivo de decisión- en la que, paradójicamente, los nombres más revolucionarios de la cultura daban pedales, cuesta abajo, a la revolución permanente del capitalismo; así, el "nomadismo" de Deleuze describía bastante bien los flujos migratorios de la fuerza de trabajo, el cuidado del self de Foucault se distinguía poco de los llamados "manuales de auto-ayuda" y el "deseo" y las "multitudes" de Negri servirían de slogan publicitario para la inauguración de un Nuevo Centro Comercial.

Frente a esta Autodestrucción de la Razón que inevitablemente entraña la despolitización de las relaciones sociales, Benedicto XVI, consciente al mismo tiempo de la inseguridad cotidiana de los hombres y de la poderosa rivalidad del Islam, ha denunciado muy justamente la "tiranía relativista", pero propone, a cambio, el restablecimiento del dogma religioso como espinazo de toda certidumbre; es decir, retroceder del post-racionalismo al ante-racionalismo. Esa, claro, no es la solución. De lo que se trata más bien es de retroceder un poco menos y recuperar la política, proyecto al que se oponen por igual -único pero suficiente acuerdo entre ambas fuerzas- el relativismo capitalista y el dogmatismo religioso.

A lo largo de los últimos años, muchos han sido los procedimientos destinados a despolitizar un conflicto global cuya herida reclama cada vez más remiendos: las ONGs con su institucionalización de la neutralidad bienhechora; las sectas e iglesias que, sobre todo en Latinoamérica, han puesto a cantar a los que antes peleaban en las selvas; el soborno menudo de la mercancía alcanzada o prometida; los sindicatos claudicantes que aterciopelan la resistencia; la idolatría sin cuerpo de las imágenes televisivas; y en los grandes centros urbanos occidentales ... la psiquiatría.

Hace unos meses un informe oficial estadounidense revelaba que el 50% de los ciudadanos de los EEUU sufre "trastornos psicológicos", dato que, a escala quizás más modesta, es extrapolable al conjunto de Europa, incluida España, donde el número de personas actualmente en tratamiento psiquiátrico, de formar una coalición electoral, constituirían sin duda el principal partido de la oposición. La psiquiatrización masiva e ininterrumpida de la vida social (estrés post-traumático, depresión post-vacacional, síndrome post-divorcio, etc.) demuestra palmariamente la fuerza patógena del capitalismo, pero ilumina asimismo una práctica psiquiátrica orientada menos a resolver que a bloquear la experiencia sociobiográfica del conflicto individual.

Hace unos meses una editorial asturiana publicaba un libro tan polémico como necesario, "Egolatría", que por eso mismo, desgraciadamente, sólo provocará quizás alguna que otra batallita gremial. En él su autor, Guillermo Rendueles, teórico de la psiquiatría, psiquiatra bragado en la sanidad pública (en una región cuya historia más reciente está marcada por la reconversión industrial y la derrota de la clase obrera), militante de izquierdas y muy brillante escritor, analiza y denuncia los discursos y las prácticas de la psiquiatría en el marco de una sociedad que no puede permitirse dar tiempo a los hombres para adquirir una psicología y que exige permanentemente la disolución de todo sujeto, tanto en sentido biográfico como moral, para poder reproducirse sin resistencias.

El cambio de paradigma impuesto en los años setenta por la APA (Asociación de Psiquiatras Americanos) desplazó los rubros clásicos de la "neurosis", la "perversión" o la "histeria" -centros de durísimas batallas teóricas- para aceptar pasivamente la doxa social que lubrica, legitima y honra en cada gesto la "personalidad multiple". En general no hay ninguna "normalidad" a partir de la cual se pueda definir la "locura" sino que, al contrario, es la "locura" la que revela los límites y consistencia de la normalidad. En este sentido, la clasificación nosológica del DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los desórdenes mentales) es realmente -dice Rendueles- "la imagen en negativo de la normalidad postmoderna". Podríamos decir que, si la normalidad postmoderna es la funcionalidad de una desintegración integrada, nuestra "locura" no es más que un exceso de postmodernidad.

Pero el problema de nuestra época es menos el de una clasificación “políticamente correcta” de la "enfermedad" que el de una psiquiatrización permanente de la normalidad. Porque las nuevas categorías nosológicas del DSM se inscriben en una ideología según la cual -denuncia con contundencia Rendueles- "la psiquiatría podría, como por arte de magia, dar solución a los problemas más dispares sin necesidad de ningún cambio real. Esta asombrosa ciencia sería la más apropiada para diseñar políticas reformistas que aborden problemas como la pobreza, el racismo, la violencia contra las mujeres, la "epidemia" de las drogas o el alcohol e incluso el pesimismo social y las secuelas del terrorismo, por medio de medidas psicológicas".

La judicialización del conflicto, que pretende solucionar "la lucha de clases" en los juzgados, tiene su correspondiente mental en esta "psiquiatrización masiva de la población" que manda al consultorio las miserias reales de los occidentales. La misión del psiquiatra, en este sentido, ya no es -ni siquiera- la de descubrir un problema latente sino la de convencer al paciente de que su problema evidente no es ningún problema; no es la de abordar, penetrar y reparar una "anormalidad" sino la de descubrir(le) al paciente su "normalidad" rechazada. La psiquiatrización vitalicia del individuo occidental está orientada a no dejarle escapar de la "normalidad", por muy dura, absurda o inmoral que sea. Y esto por un triple camino:

- Desdramatización de los acontecimientos. Después de un divorcio, antes de un examen, como consecuencia de un accidente, un fracaso laboral o una pérdida irreparable (la muerte, por ejemplo, de un ser querido), la presencia automática del psiquiatra o del psicólogo está destinada a bloquear la experiencia individual y social del "duelo", cuya lenta maduración amenaza con ralentizar o entorpecer la "restauración" del yo flexible reclamado por la sociedad post-moderna. Como con los 3.000 muertos de Macondo, nunca pasa nada, a uno nunca le pasa nada de lo que deba extraer una lección, conservar un recuerdo o deducir una acción. En una caricatura extrema, podríamos decir que incluso el asesino es conducido al psiquiatra, no para que éste valore la concurrencia de factores psicológicos en la comisión del delito, sino para que no se "traumatice" por lo que ha hecho.

- Irresponsabilización de la conducta. Si no pasa nada, las cosas no las hace nadie y las acciones no se examinan a la luz de una instancia decisoria (sujeto ético o psicológico) sino del placer que reportan: del derecho a la "realización personal" a remolque de los sucesivos "yo" contextuales y superficiales, sin costuras causales, que se suceden en el cuerpo y de los "deseos" que los dominan. El psiquiatra, que bloquea el "duelo", normaliza la ausencia de sujeto como rutina del derecho postmoderno. La responsabilidad queda reservada para los pueblos no occidentales y, en Europa y los EEUU, para los fumadores.

- Privatización del conflicto. En un texto anterior (incluido en un libro todo él recomendable, "IKE, retales de la reconversión", de Ladinamo Libros, 2004), Guillermo Rendueles había demostrado de un modo inobjetable, a partir del caso de las trabajadoras de IKE encerradas en la fábrica en defensa de sus puestos de trabajo y luego conducidas a su consulta como víctimas de distintos "trastornos" y "desórdenes" neuróticos o depresivos, había demostrado -digo- la envidiable salud mental de unas mujeres cuyo "malestar" se presentaba, y adquiría rasgos "privados", como consecuencia de una derrota colectiva. El psiquiatra -en este caso el propio autor- se veía obligado a tratar como un desarreglo psicológico y privado un problema político y colectivo cuya solución sólo podía ser, por tanto, política y colectiva y cuyo carácter político y colectivo (el del problema y el de la solución) era ignorado por las propias pacientes, las cuales acudían angustiadas al consultorio para una "reconversión" individual. La psiquiatrización masiva de la población, de un modo premeditado o no, funciona de hecho como una privatización institucional del conflicto político, mediante la cual se "psicologiza" el paro, el trabajo precario, la explotación laboral y el llamado mobbing o "acoso psicológico" de los empleados. Una sociedad reducida a los puros vínculos privados -contratos bilaterales cada vez más fugaces- y tutelada por una tropilla de mecánicos-psicólogos es una sociedad en la que finalmente -cito experiencias desgraciadamente reales- el sindicato de una empresa defiende a sus afiliados de los malos tratos del jefe costeándole una terapia o regalándole un "manual de autoayuda" y los empleados de una institución aceptan como creativa y eficaz la propuesta de masajearse recíprocamente los pies en las horas de descanso para combatir el estrés.

Estos tres factores convergentes, que he resumido con algunas libertades y omisiones que Rendueles sabrá disculparme, concurren claramente, por lo demás, a eso que yo he llamado "nihilización" de la normalidad occidental y que el propio Rendueles identifica muy bien en su libro con una "salud mental" alegremente auto(hetero)destructiva, un "patrón de cultura" que se reconoce en (y recompensa como "saludables") el egoismo, la insolidaridad, la astucia, el triunfo individual, la satisfacción del ello, la eterna adolescencia. En este contexto, el papel del psiquiatra es el de un obediente abogado defensor del "deseo" (el ello freudiano) del paciente, al que dispensa bajas laborales y suministra grandes cantidades de anti-depresivos, para mayor gloria de la industria farmacéutica. En este contexto también, y del otro lado, la resistencia a la psiquiatrización -paradójicamente- sólo puede interpretarse como un signo de locura o de peligrosidad social. Unicamente los "vesánicos" y los "terroristas" se niegan ya a acudir al psiquiatra.

Estos tres factores, y sus contrapuntos benignos, están "ilustrados" en Egolatría por una galería de personajes "notables", desde "el asesino del rol" y el "asesino de Pedralbes" hasta T.E. Lawrence, Fernando Pessoa y García Morente. Esta es la parte más discutible del libro de Rendueles, aunque también la más fascinante desde un punto de vista literario. Particularmente desasosegante para los althuserianos -entre los que me cuento- es el capítulo en el que analiza la personalidad de Althusser y el asesinato de su mujer Helene a partir de esa "decisión de ser Nadie" del filósofo que habría determinado también su lectura anti-humanista de Marx (aunque los que somos además sartreanos se lo perdonamos en la medida en que, por contraste, la figura del pequeño inmenso Sartre, tan injustamente olvidado como el propio Althusser, se agiganta aún más, solar, limpia, jovial, como el paradigma de "salud mental" y sensatez política -y decisión de decidir- que Rendueles nos propone contra un mundo de egolatrías fatalistas y libertades infligidas).

Puede parecer extraña o sospechosa esta denuncia de la psiquiatría por parte de un psiquiatra que reivindica el sujeto ilustrado, invoca el concepto "moderno" -es decir, obsoleto- de responsabilidad y reclama menos consultorios privados y más asambleas públicas. Algunos de sus colegas, sin duda, protestarán acusándole de criminalizar a los pacientes, de reducir todos los historiales clínicos a revoluciones malogradas y de negar, por tanto, el objeto mismo de la psiquiatría. A despecho de algunas expresiones duras y de algunas formulaciones extremas, creo que Egolatría está a salvo de estas críticas. Rendueles no ha escrito un libro de psiquiatría sino un libro en el que se nos explica precisamente lo que la psiquiatría no debe hacer, lo que no es la psiquiatría, lo que la psiquiatría no puede ser y lo que la psiquiatría, desgraciadamente, está haciendo; y lo que está haciendo, con conciencia o no, a favor de un modelo social de destrucción generalizada (de cosas, de cuerpos, de psiquismos) que ninguna terapia puede remendar. Que sólo esa gran "terapia de grupo" que llamamos revolución o, más modestamente, política puede tal vez -al menos- aliviar.

- Fuente: Rebelión.

[2David Gutiérrez: Psych Drug Handbook Written with Drug Industry Ties October 10, 2008.

[3Adquiere la empresa Wyeth Pfizer confirma creación de monopolio farmacéutico 18 de octubre de 2009.

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