Máximo Sandín: «La naturaleza no es un campo de batalla en el que todos los seres vivos compiten permanentemente» / «La lucha contra bacterias y virus: una lucha autodestructiva» (vídeo) [14/01/10]

Este año 2009 se conmemora el bicentenario de nacimiento de Charles Darwin, y tanto su figura como su conocida “teoría de la evolución” están teniendo un peso relevante en los medios y en todos los círculos sociales y científicos. ¿Siguen actualmente las teorías darwinistas tan vigentes y con tanto peso en las ciencias de la vida como cuando vio la luz El origen de las especies en 1859?

Máximo Sandín: Habría que comenzar por un pequeño dato histórico. Cuando vio la luz Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o el mantenimiento de las razas favorecidas en la lucha por la existencia, verdadero título del libro de Darwin, la evolución era conocida y llevaba cien años siendo estudiada científicamente en las universidades europeas (especialmente en Francia), por cierto, con aportaciones que se están mostrando en el buen camino, según los últimos descubrimientos. Los biólogos evolucionistas de entonces eran llamados “lamarckianos”. También creo conveniente señalar que Darwin, que era un victoriano acomodado, aficionado a la naturaleza, como muchos otros (había hecho estudios de teología), no sabía que estaba hablando de evolución. El término “evolución” no aparece hasta la sexta edición de su libro por sugerencia de Thomas Henry Huxley, del que ya hablaremos. Es decir, Darwin no elaboró una “teoría de la evolución”, sino un texto con explicaciones, algunas muy divertidas, sobre cómo se podía producir la especiación (es decir, la diversificación de las especies), basándose en la cría de animales domésticos, en la selección de los ganaderos y, especialmente, de los criadores de palomas.

En cuanto a las “teorías” darwinistas, y no me refiero a las de Darwin, que veremos más adelante, sino a las de los darwinistas, han sido totalmente rebatidas por los datos recientes. Los progresos tecnológicos en la observación real (porque hasta hace poco se trabajaba con hipótesis “preconcebidas”) de los fenómenos biológicos han derribado los principales postulados darwinistas, fundamentalmente los referentes a la información genética, que se ha revelado de una enorme complejidad (es decir, no existe “el gen de” sino secuencias repartidas en fragmentos dispersos que se combinan bajo el control de la totalidad del genoma) y que está condicionada por la influencia del ambiente, lo que resulta especialmente contradictorio con el “determinismo genético” del darwinismo.

Es decir, los cambios de la expresión genética (lo que se suele denominar “mutaciones”) no ocurren “al azar”, sino que son producidos por alguna “agresión” o desestabilización ambiental. Y en lo que se refiere a la visión general de la naturaleza, la concepción darwinista, según la cual es la competencia la que rige las relaciones entre los seres vivos (lo que conduciría a la “selección” de los más aptos), los nuevos modelos matemáticos han permitido comprobar que lo que realmente caracteriza los fenómenos naturales es el equilibrio, en el que todos los componentes, absolutamente todos, son necesarios para la estabilidad de los ecosistemas conectados mediante unas redes de relaciones extraordinariamente complejas.

En definitiva, si tenemos en cuenta la información de que disponemos ahora, parece razonable afirmar que los postulados fundamentales de los darwinistas no tienen, si es que la han tenido alguna vez, la menor vigencia si los relacionamos con los datos reales.

Sus escritos se basan en una visión diferente del fenómeno de la evolución biológica en el planeta Tierra ¿Cuáles son las ideas o principios básicos de dicha visión y en que medida difiere ésta de los postulados de la teoría darwinista de la evolución?

Máximo Sandín: Supongo que lo que voy a decir resultará extraño, y más si lo explico esquemáticamente; y mucho más si tenemos en cuenta cómo nos han explicado, y no se cansan de explicarnos, la evolución, tanto en las aulas como en los grandes medios de difusión, pero es ahí adonde me han llevado los datos después de quince años de dedicación exclusiva a recopilar ideas de científicos mucho más prestigiosos y conocidos que yo (y con sobrados motivos), que habían sido desechadas por la biología “oficial” y a relacionarlas con los datos actuales procedentes de distintos campos de estudio. La idea general es que la evolución de los seres vivos no se ha llevado a cabo por la adaptación al ambiente mediante la acumulación de pequeños cambios producidos al azar y “seleccionados” mediante la competencia por ser “ventajosos”. La evolución implica cambios en la organización del organismo, y eso sólo se puede producir por cambios en el proceso embrionario producidos por reorganizaciones en el genoma.

El “origen de las especies”, es decir, la especiación, que es considerada por los darwinistas “el primer paso para la evolución”, no es más que un aumento de variabilidad dentro de un patrón morfológico básico. No me canso de poner el ejemplo de las libélulas (pero valen muchos otros), que aparecieron en el Carbonífero prácticamente iguales a las actuales, aunque más grandes; desde entonces se han producido miles de especiaciones y siguen siendo libélulas. La explicación de los grandes cambios de organización y de la permanencia sin cambios durante mucho tiempo está en que la organización y la complejidad de los genomas los hace extremadamente robustos y con una gran capacidad de ajuste, de comunicación con el ambiente, pero ante una alteración, una agresión ambiental lo suficientemente grave, reaccionan según las pautas de los “sistemas complejos”, cuyas alternativas a una desestabilización son un derrumbe catastrófico o un salto en el nivel de complejidad, porque los sistemas complejos tienen una tendencia intrínseca a generar patrones de comportamiento globales y los genomas y los ecosistemas son sistemas complejos.

Las remodelaciones genómicas se han producido porque los genomas animales y vegetales están compuestos en su inmensa mayor parte (lo que incluye lo que las ideas darwinistas habían llevado a considerar ADN “basura”, pero que se ha revelado como la parte fundamental de los genomas), por virus endógenos completos o fragmentarios, es decir, virus integrados en los genomas que participan en funciones esenciales de los organismos, y “elementos móviles” y secuencias repetidas que son secuencias derivadas de virus. Esto puede sonar extraño, pero los datos de los genomas secuenciados están disponibles para todos. Todos estos elementos pueden cambiar de posición (no a cualquier sitio del genoma, según se ha comprobado), o producir duplicaciones de sí mismos (siempre con la ayuda del genoma) como respuesta a agresiones o estímulos ambientales, y estos cambios son más o menos grandes en función de la agresión ambiental.

Sabemos que a lo largo de la existencia de la vida en la Tierra se han producido enormes cataclismos por la caída de grandes asteroides y por inversiones de los polos magnéticos que han dejado a la Tierra sometida a grandes bombardeos de radiaciones solares. También se ha comprobado experimentalmente que estos tipos de agresiones ambientales movilizan a los virus endógenos y a los elementos móviles. Esto explica los grandes cambios de fauna y flora que se observan en el registro fósil entre los grandes períodos geológicos, separados por grandes extinciones y que han recibido sus nombres de las diferentes faunas que los caracterizaban. En definitiva, que “adaptación”, es decir, ajuste al ambiente, y evolución, es decir, cambio de organización, son procesos diferentes.

Lo que supongo que sorprenderá todavía más a los lectores es que las nuevas técnicas (mediante la “metagenómica”) de muestreo de bacterias y virus han puesto de manifiesto que vivimos literalmente inmersos, en nuestro interior y en nuestro exterior, en el mar y en los suelos, en un inconcebible, en un astronómico número de bacterias y virus que cumplen funciones esenciales, tanto en el funcionamiento de los organismos como en la regulación y comunicación de los ecosistemas, lo que pone de manifiesto que su carácter “patógeno”, que es extraordinariamente minoritario, es el resultado de alteraciones de sus funciones naturales, muchas de ellas producidas por los seres humanos.

Supongo que todo esto dará una idea de en qué medida difiere esta visión de los preceptos de la teoría darwinista de la evolución …

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En este sentido, su vocación es la de que se genere una nueva percepción de la evolución de la vida en la sociedad, de manera mucho más amplia y participativa, con la comunidad científica incluida. ¿Se puede afirmar con rotundidad que no tenemos todavía respuestas claras y pruebas sobre los mecanismos de la evolución biológica como para dar tanto peso a las teorías propuestas por Darwin?

Máximo Sandín: Lo que podemos afirmar es que sí tenemos pruebas y datos experimentales sobre los mecanismos de evolución, pero que son muy diferentes y contradictorios a la propuesta de Darwin y a las propuestas de los darwinistas.

Lo que pretendo transmitir, en la medida de mis posibilidades y eso sí, a una audiencia muy limitada en comparación con la que es bombardeada con los tópicos “oficiales”, es que la evolución y la vida no tienen nada que ver con la sórdida concepción de “la lucha por la vida” y “la supervivencia del más apto”. Que esas eran unas ideas de unos señores victorianos muy desagradables del siglo XIX que vinieron muy bien para justificar la situación social y colonial de entonces (y, en muchos casos, de ahora), aunque su aplicación ha conseguido convertir a la sociedad y, de seguir por este camino, a la naturaleza desequilibrada, en algo parecido. Que la naturaleza no es un campo de batalla en el que todos los seres vivos compiten permanentemente (para los darwinistas, compiten el ADN, las proteínas, las células…), sino que es algo de una enorme belleza y complejidad en la que todo está relacionado y es imprescindible para su funcionamiento, donde no sobra nada ni nadie. Que es absolutamente falso que el comportamiento humano esté “codificado” en los genes, porque la influencia del ambiente está implicada en todos los fenómenos de la vida, desde el mismo control de la información genética hasta en el desarrollo embrionario y cerebral. Y que no hay genes “malos”, ni menos “al azar”, sino secuencias alteradas por las miles de sustancias tóxicas y agresiones ambientales a que estamos expuestos. Pero, sobre todo, que es necesario reflexionar sobre dónde han llevado a la naturaleza y a la sociedad estas ideas y sobre la necesidad de ser más respetuosos con una naturaleza que estamos muy lejos de comprender, y más aún de controlar, y de la necesidad de construir una sociedad en la que haya sitio para todos.

Basándonos en eso, cierto es que, en ciencia, una teoría nunca puede ser probada como verdadera porque nunca podemos decir que sabemos todo lo que hay que saber al respecto. En lugar de esto, las teorías normalmente permanecen en pie mientras no sean refutadas por nuevos datos, momento en el cual son modificadas o sustituidas. ¿Contamos en la actualidad con datos e información suficiente para que la ciencia pueda modificar, sustituir o cambiar el paradigma de pensamiento imperante respecto a las cuestiones evolutivas? ¿Tiene la ciencia el deber de abrirse en este sentido a la sociedad en general a fin de cuestionar de manera abierta el inmovilismo darwinista?

Máximo Sandín: En estos momentos lo que sobra son datos. En los últimos diez o quince años se han hecho más descubrimientos reales (porque, repito, antes se trabajaba con hipótesis “preconcebidas” o datos indirectos, es decir, deducciones a partir de lo que se observaba en caracteres externos) que en toda la historia de la biología. Lo que sucede es que parece que no hay tiempo para detenerse a reflexionar sobre lo que significan los nuevos datos.

Creo que el problema fundamental que tiene la biología actual es la distorsión de su papel como ciencia. La labor de la ciencia es la búsqueda, la profundización en el conocimiento, con la idea de que éste sea compartido por toda la comunidad científica y la sociedad. La tecnología es la aplicación de esos conocimientos, una vez que se han demostrado válidos. Lo preocupante es que, debido a la concepción de la ciencia como una herramienta de poder, y de sus aplicaciones como fuente de ingresos y base para “el desarrollo” y “la competitividad” (¿le suena?), la investigación biológica se ha convertido en una loca carrera por conseguir “patentes” de genes, de proteínas y de aplicaciones con interés comercial basadas inicialmente en las concepciones darwinistas que ya he mencionado y totalmente al margen de los descubrimientos de la investigación llamada “básica”, es decir, la realizada sin fines comerciales. Incluso se utilizan los datos procedentes de esas investigaciones totalmente fuera de su contexto o tergiversados para que puedan ser aplicados, que es lo que interesa. Esto se convierte en una labor estéril y, lo que es peor, peligrosa, porque a veces se manipulan procesos que no se pueden controlar, y más si tenemos en cuenta que se usan virus, bacterias, plásmidos y elementos móviles para esas manipulaciones.

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Someter a duda el darwinismo en el momento actual, supone introducirse en la histórica confrontación entre creacionismo y evolucionismo y de ahí que la conclusión inmediata derivada de tal debate sea que el rechazo a las teorías darwinistas es sinónimo de la aceptación de propuestas creacionistas de corte religioso. ¿Qué opinión le merecen este tipo de argumentos, que están tratando de alguna manera de reconducir el debate del evolucionismo hacia el darwinismo como única alternativa posible a la concepción religiosa del origen de la vida?

Máximo Sandín: Ésta es una de las muchas falacias que existen en torno al debate sobre la evolución, pero parece estar dando magníficos resultados para la propaganda darwinista: el que no es darwinista es creacionista o partidario de la supuesta “teoría” del diseño inteligente o, al menos, sospechoso de algo así. La ciencia no tiene nada de qué discutir con la religión o las religiones. Son dos creaciones del pensamiento humano que no tienen nada que ver. Por eso resulta tan sospechoso que los darwinistas hayan concedido a los creacionistas el papel de interlocutores válidos en este tema. Un colega mío, crítico con el darwinismo, está convencido de que este falso debate lo han generado y potenciado los darwinistas para reafirmar sus posiciones atribuyéndose el papel de verdaderos científicos “acosados” por el creacionismo. En Estados Unidos, origen de este debate, el fundamentalismo “literalista” de la Biblia está muy extendido, pero en España la sociedad es muy diferente y no creo que existan muchos (si es que existen) científicos “creacionistas”. En fin, confunde que algo queda …

Aparte de los contextos religiosos, históricamente se ha podido constatar una notable influencia de algunos postulados de la teoría de la evolución en personajes como Herbert Spencer y el llamado “darwinismo social”, que, por otra parte, es tachado de “pseudociencia”. ¿Han sido relevantes dichas influencias para dar sentido a nuestros propios mecanismos de ordenamiento socioeconómico en la sociedad postindustrial?

Máximo Sandín: Estaba verdaderamente deseoso de responder a esta pregunta. En primer lugar, porque, insisto, es falso que el libro de Darwin se escribiera como una “teoría de la evolución”. Darwin solamente hablaba del origen de las especies (la especiación). El término “evolución” no aparece en su libro hasta la sexta edición, por sugerencia del ya mencionado Thomas Henry Huxley. En segundo lugar, porque Spencer no se basó en Darwin, sino Darwin en Spencer. En La estática social, obra publicada en 1851, Spencer habla de la evolución biológica que, insisto, ya era conocida en el ámbito académico, y extrapola los conceptos evolutivos a las sociedades. A él le corresponde el concepto de “supervivencia del más apto” (el más “adecuado”, para ser fieles al idioma original), y Darwin así lo cita en su libro. En tercer lugar, si nos molestamos en leer El origen del hombre, otro falso título que nos han transmitido, veremos lo que opina Darwin de la mujer, de los negros y los “pueblos primitivos” en general, de los obreros y los pobres, y cual era su “solución” a los problemas sociales. El darwinismo social es puro darwinismo. En El origen de las especies, Darwin dice que su planteamiento «es la doctrina de Malthus aplicada con multiplicada fuerza al reino animal y vegetal», y en su Autobiografía cuenta que fue leyendo a Malthus cuando encontró «una teoría sobre la que trabajar». Si alguien se molesta en leer a Malthus, discípulo de Adam Smith, por cierto, verá qué “entrañables” son sus ideas sobre la sociedad, especialmente sobre los pobres (en la red hay versiones completas en español del Ensayo sobre el principio de la población).

Hasta hace poco, yo estaba convencido, tras leer a pensadores ilustres que he citado demasiadas veces, de que el éxito del libro de Darwin había sido un éxito fundamentalmente social porque justificaba la situación existente entonces a partir de los hipócritas argumentos de Malthus y Spencer, lo que, por otra parte, significó para muchas personas el descubrimiento de la existencia de algo parecido a la evolución. Pero no entendía del todo el éxito científico. El libro de Darwin (especialmente la primera edición, pero también las otras seis que fue modificando, “asesorado” por Huxley, Hooker, Lyell…) era (es) un texto confuso de un aficionado, basado en la cría de animales domésticos, especialmente de palomas, lleno de especulaciones que son una mezcla de ideas lamarckistas, “neutralistas”, populares, y fenómenos absurdos “que le habían contado”, y con graves carencias científicas con respecto a lo que ya se sabía sobre la evolución, que hicieron que los científicos evolucionistas (los entonces llamados “lamarckianos”) proclamaran lo absurdo de extrapolar las actividades “antinaturales” de los ganaderos a la naturaleza.

Pero aquí entra en escena Sir Thomas Henry Huxley, conocido como “el bulldog de Darwin”. Por los textos que leí en mi formación (o en mi “deformación”) había adquirido la idea de que era, simplemente, un científico más, defensor de las ideas darwinistas, pero buscando información y reuniendo datos dispersos (véase en la red el artículo “El poder y el Papa Huxley” en la Enciclopedia Británica,), he encontrado lo siguiente: Huxley era un hombre extremadamente poderoso, que «ayudó a crear un nuevo orden social en el que la ciencia y el profesionalismo reemplazarían a los clásicos y el mecenazgo». Tenía plaza en diez “comisiones reales”. Fundó, junto con Sir Joseph Dalton Hooker, otro poderoso protector de Darwin, y, al igual que Huxley y los demás, eugenista convencido, el X-Club, en el que junto a otros influyentes científicos figuraba Herbert Spencer, con el objetivo de «promover el darwinismo y el liberalismo científico». Durante diez años, el X-Club controló la Royal Society. Huxley fue presidente de la Geological Society, la Ethnological Society, la British Association for the Advancement of Science, la Marine Biological Association y la Royal Society, y fundó, junto con Hooker, la revista Nature. El X- Club «fue acusado de ejercer demasiada influencia sobre el ambiente científico de Londres». Naturalmente, al “incomprendido” Darwin, le hicieron socio de las más importantes sociedades científicas. Y también naturalmente, las voces de los (verdaderos) científicos críticos con el darwinismo fueron acalladas.

En cuanto al siguiente paso para acallar las críticas a la idea de la selección “natural”, y al cambio gradual, que eran negados por los más prestigiosos genetistas, es decir, el invento de la “genética de poblaciones” basado en la “genética de la bolsa de alubias” (o, lo que es lo mismo, las probabilidades de sacar cara o cruz en una moneda lanzada al aire), todos los implicados en su “creación”, desde el primero hasta el último, eran eugenistas, la repugnante ideología que preconiza el impedimento de la reproducción de las personas “no aptas”, con “genes malos”, como se puede comprobar si se busca en Internet los Eugenics records, en donde figuran, como miembros importantes, un buen número de hijos de Darwin. Es decir, también en la creación de la llamada Síntesis “moderna” estuvo implicado el componente ideológico, en el que el cambio (“ascenso”) gradual y, sobre todo, la selección “natural” son fundamentales.

Por lo que respecta a su influencia en el ordenamiento socioeconómico actual, no parece necesario recurrir a un análisis muy profundo sobre la vigencia y el éxito de las ideas de Adam Smith y sus discípulos (el individualismo, la competencia, la “supervivencia del más apto”, el “egoísmo”, etc.), y en lo que se refiere al determinismo genético de los darwinistas y a sus aplicaciones, no quiero dar la impresión de que pretendo adoctrinar a nadie, así que me limitaré a sugerir la posibilidad de informarse en Internet sobre las “filantrópicas” actividades de los grandes magnates mundiales, por cierto, fervientes darwinistas.

Por supuesto, donde más claramente se percibe el peso específico de tales influencias es en cuestiones científicas asociadas a las ciencias de la vida en general. En el contexto de los postulados darwinistas ¿es posible justificar de manera clara la relación existente entre medio ambiente y evolución de los organismos vivos e incluso desarrollo de la sociedad humana?

Máximo Sandín: Los postulados de los darwinistas actuales, que son una selección (por tanto, artificial) de algunas ideas de Darwin y una “adecuación” de otras, añadidas a otras de nueva creación, han tenido, desde mi (tal vez discutible) punto de vista, unas consecuencias muy negativas en distintas ciencias de la vida y en las ciencias sociales. Las concepciones reduccionistas, competitivas, el determinismo genético… han tenido serias repercusiones en disciplinas como la medicina, la psiquiatría, la psicología, la sociología… pero sería largo de documentar.

Lo que resulta más patente y más dañino es la desconexión darwinista entre los organismos y el medio ambiente: las características de los organismos (incluso las del comportamiento humano) están, según ellos, determinadas en “los genes”, y es el ambiente, un agente pasivo, el que “selecciona” los genes más adecuados, por medio de una implacable competencia a todos los niveles de la vida. Resulta una aberración describir las relaciones ecosistémicas entre los seres vivos, entre el mundo orgánico e inorgánico, cuyas interrelaciones son extremadamente estrechas y complejas y en la que todos sus componentes son necesarios para su funcionamiento equilibrado, en términos “empresariales”: “competencia”, “coste-beneficio”, “explotación de recursos”… La implantación de esta concepción darwinista (victoriana) de la vida, de la realidad, ha tenido unas consecuencias tremendamente negativas en las relaciones de los seres humanos entre sí y con el ambiente, con las características de las “profecías autocumplidas”: la naturaleza no era así; había muchas sociedades que no eran así. Pero han conseguido que las sociedades se hayan convertido en un inhóspito campo de batalla en el que el individualismo, la competencia, y la soledad son las que rigen las relaciones humanas; igualmente han conseguido convertir a la naturaleza en un ente inerte en el que sus componentes son, simplemente, “recursos naturales” y en la que todos son “competidores”, en un ecosistema en creciente degradación, cuyo desequilibrio pronto conducirá a que la vida de los seres humanos se convierta en una verdadera “lucha por la supervivencia” si no reaccionamos a tiempo.

Como docente, conoce usted a la perfección el peso de las cuestiones evolutivas en las aulas universitarias. Parece que existe cierta reticencia por parte de la comunidad universitaria a un cuestionamiento razonado y científico de la teoría de la evolución tal y como la conocemos. ¿Cómo es en la actualidad la presencia de Darwin en las aulas?

Máximo Sandín: Hablaré de mi visión personal (y por tanto discutible), y habría que comenzar por la formación: a mí no me dieron una formación propia de científico, es decir, la que se basa en el cuestionamiento permanentemente de las teorías admitidas para buscar los puntos débiles a fin de profundizar en el conocimiento (como hacen continuamente los físicos, los químicos, los matemáticos). Lo que me dieron fue un adoctrinamiento incuestionable. Tuve que ser yo quien dedicó mucho tiempo a leer a Darwin y a buscar las investigaciones sobre la evolución previas a Darwin y las ideas científicas rechazadas por la biología “oficial”. Esta formación es la causa de que cuando una persona ha asimilado este adoctrinamiento y se ha formado un esquema mental, una visión de la vida, de la realidad —el que ha dirigido toda su carrera científica—, y alguien cuestiona sus más profundas “convicciones”, se sienta atacada, y las reacciones entonces no suelen ser las propias de un debate razonado y mesurado, sino más bien agresivas: ¿cómo un tipo vulgar se atreve a cuestionar a un “genio”?

El otro problema es la especialización. Cada científico trabaja en su campo de acuerdo a lo que le han enseñado y no tiene conexión con los nuevos datos de otras disciplinas que resultan contradictorios con las bases teóricas que utiliza en su trabajo. Para muchos especialistas (lo he comprobado) la evolución resulta una especie de curiosidad sin tener en cuenta que los procesos evolutivos son los que explican los fenómenos biológicos actuales (por qué hay virus integrados en los genomas y qué hacen, por qué hay elementos móviles y cómo reaccionan a las agresiones ambientales, etc.). Pero, sobre todo, insisto en que el problema fundamental de la formación y de la investigación en la Universidad es la concepción de la ciencia como una herramienta para el desarrollo y la “competitividad”, lo que ha convertido a la investigación biológica en una loca carrera, mayoritariamente financiada por empresas privadas y, por tanto, con ánimo de lucro, por conseguir “descubrimientos” y “patentes” que tengan una aplicación, es decir, un rendimiento económico. Lo preocupante es que están trabajando al margen de los conocimientos derivados de la investigación “básica”, es decir, no “aplicada”. Y las manipulaciones de procesos que no se conocen suficientemente, y que, por tanto, no se pueden controlar, pueden tener consecuencias peligrosas. No se puede “derrotar” o corregir a la naturaleza. Es infinitamente más poderosa que los hombres, y todavía estamos muy lejos de comprender muchos de sus procesos fundamentales. Ahora, con toda la nueva información de que disponemos, es cuando deberíamos reunirla, trabajar sobre ella para intentar comprenderla y, en consecuencia, respetarla: reconciliarnos con la naturaleza.

Pero, como sabemos, los cambios que se avecinan en la universidad van encaminados a “formar especialistas adecuados a las necesidades del mercado”…

Fuente: Agenda Viva Digital



Dr. Máximo Sandín – La Lucha contra bacterias y virus: una lucha autodestructiva from MIZAR-PETRUS on Vimeo.

Conferencia de Máximo Sandín, organizada por la Liga para la libertad de vacunación, en Biocultura Madrid, noviembre 2009



Otras referencias de Máximo Sandín

La guerra contra bacterias y virus: una lucha autodestructiva

La función de los virus en la evolución

Entrevista a Máximo Sandín con motivo del bicentenario de Charles Darwin